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Oiga, no se ponga así, no le haga caso, no es para
tanto, ella está un poco nerviosa por el estreno de
mañana... El tipejo no parece escucharme, sigue allí,
asomado al vacío, agarrotado, sus grandes ojos azules
rojimios por el llanto fijos en el horizonte: llora. Él,
por supuesto, no lo sabe, pero yo también soy un perfecto
llorón, soy de los que llora en la ópera, en
el cine, oyendo a Mendelssohnn o a Schumann, lloro cada vez
que veo la televisión de señal abierta y cada
vez que reviso algunos documentos que prepara mi secretaria,
como es lógico no puedo ver a la gente con los ojos
rojimios por el llanto sin que se me parta el alma en cuatro
y como me están entrando unas ganas asesinas de moquear
un poco yo también, cometo el imperdonable error de
acercarme y decirle:
- Si todavía quiere ver el ensayo yo puedo ayudarle...
El hombre tardó en reaccionar. Se volvió con
lujuriosa fusión, y aunque sus grandes ojos azules
seguían fijos en el horizonte ya no parecían
tan rojimios.
- ¿Cómo? ¿Usted puede?
- Yo soy el dueño del teatro, si yo no puedo entonces
nadie puede. Mi experiencia como empresario dramatúrgico
fue intensa, efímera y convincente. Quedó axiomáticamente
demostrado que, administrando artistas, soy una mula. Lo que
pasa es que yo venía de una experiencia empresarial
exitosa. Cuando todo el mundo cerraba sus negocios o quebraba,
gracias a un bien ubicado establecimiento de lavandería
al peso, pudimos no sólo sobrevivir, lo cual ya es
mucho decir, sino hacer ganancias nada despreciables. Digo
pudimos porque tengo, mejor dicho tenía, un socio,
Don Oscar Dupuy: argentino, mujeriego, desordenado, tragón,
fumador y virtuoso poseedor de un don satánico: era
un maestro en las refinadas artes de olfatear, escamotear
y hacer dinero. Pero resulta que el dueño del local
nos ganó un juicio que había durado seis años
y tuvimos que cerrar la lavandería. Paseando por Barranco,
Dupuy insistía en lo de tomar la franquicia de una
cadena de restaurantes de comida rápida cuando descubrí
aquella desbaratada mansión de solera finisecular a
pocos metros del acantilado.
- Aquí podríamos levantar un teatrín,
allá una sala de exposiciones... ¡Gran Centro Cultural:
Franz Kafka!
- Vos sos loco, con la crisis nadie va al teatro, si antes
de la crisis iban poco, vas a tener que meter un montón
de plata para reconstruir este vejestorio, más barato
te saldría demolerla y levantar un edificio de departamentos
para intelectualoides che viejo.
Mi socio, como siempre, tenía razón, sin embargo,
esto del Gran Centro Cultural "Franz Kafka" esa una obsesión
que me acosa desde que tengo memoria.
- Vas a echar whisky en una canasta. Dentro de un año
nadie va a dar un centavo por esta covacha. Está bien
que seas aficionado a leer poemitas y a ir al teatro pero
otra cosa es esto, el ballet y todas esas mariconadas no dan
un centavo...
- Lo que pasa es que no saben hacer la vaina. Una vez que
arreglemos esto traemos a María Salamin.
- ¿Cuál es esa?
- La que hizo teatro clásico en La Católica,
varias telenovelas y después se fue a Miami. Una alta,
delgada, bonita, que de lejos parece inteligente...
- ¿A la que le decían Mary Tallarín? ¿Una anchoveta?
- Eco.
- Ahora entiendo, oíme pero si querés tirártela
no necesitás hacer tanto teatro...
- Contigo no se puede.
En el ensayo final, la Tallarín se emperrechinó,
sólo un reducido grupo de personas, amigos y familiares,
estaría en la platea. Nada de prensa. La segunda condición:
silencio absoluto. La obra, una adaptación del viejo
drama mitológico de Sita Rama, inspirado en el Ramayana
de Valmiki, se titulaba "La tercera en discordia" y, hasta
donde recuerdo, era un largo monólogo en catorce actos,
cada uno de ellos con varios cuadros de gran complejidad en
la tramoya escénica. La cosa marcha bastante bien hasta
que unos ruidos extraños distraen nuestra atención
y sobre el pretil en la mezzanine emerge el rostro paliducho
del admirador: cabellos de un rubio pajoso, la mandíbula
turgente y los ojos un poquito rojimios por el llanto.
- Buenass... por mi no se molesten, sigan por favor.
- ¿Quién es este? - el tono en la voz de Mary es casi
un chillido.
- No sé, no lo conozco.
- Yo estudio en San Marcos, literatura, y soy su admirador...
- Sáquenlo, ni siquiera es de la Católica.
Había pasado más de un año desde que
vi por primera vez la casona, había empeñado
hasta la ropa interior y no podía darme el lujo de
echar a perder todo por culpa de un huevotriste que quiere
un autógrafo. Subí, lo tomé del codo
con cuidado, él se dejó llevar mansamente. Llegamos
hasta la puerta.
- Tenga, le regalo un pase, venga mañana al estreno.
- No es igual, yo quería verla en el ensayo, acercarme
un ratito para que me firme esta foto.
No tendría más de veinticinco años. Todo
en él comunicaba esa característica grandeza
del pobretón que conserva la dignidad con los ojos
rojimios por el llanto. Agregó algo sobre su madre
internada en Neoplásicas por un cáncer al colon
y, sin despedirse, se alejó hasta quedar en el borde
del precipicio. En ese momento metí la pata.
- Si me promete no hacer ruido lo puedo ubicar en la azotea,
venga. Por recomendación del arquitecto nos vimos obligados
a gastar una millonada en reforzar toda un ala de la casa
incluyendo las columnas, las paredes y parte de la azotea.
Asomándose desde una claraboya ubicada encima de la
platea uno podía, aunque con cierta incomodidad, contemplar
el espectáculo. Como el dinero no alcanzó para
más, el techo del propio escenario seguía siendo
de quincha (una mezcla de carrizo con adobe).
- Ya sabe, quédese aquí y procure no respirar.
No intente ver por la otra claraboya porque el suelo cede.
Cuando acabe el ensayo tal vez yo pueda hacer que ella lo
reciba un instante. No es mala persona, lo que pasa es que
es prima dona, es un fenómeno de la naturaleza y...
- No, yo entiendo y no sabe como le agradezco.
Al regresar a la platea María preguntó:
- ¿Podemos seguir?
- Si, mil disculpas, ya avisé afuera al huachi para
que tenga más cuidado.
- Tenemos que empezar otra vez desde el primer acto. Ya perdí
concentración.
En el primer cuadro del primer acto, música de Kitaro,
María emerge de la oscuridad completamente desnuda,
calatita, tolaca y se manda con un monólogo de una
profundidad filosófica y existencial que te quedas
cojudo. Así que nadie se opuso a la idea.
No habían transcurrido ni cinco minutos cuando se produjo
la catástrofe. Crujidos chirridos desde el techo del
escenario y de pronto una avalancha de adobes, carrizos, maderas
y tierra sepulta a María cuando no había terminado
de girar la cabeza hacia el cielo; desmondongado sobre los
escombros surge el admirador buscando en su bolsillo la foto
y trata de reanimar a la diva para que se la firme. Es así
que mi sueño del Gran Centro Cultural propio se derrumbó
en cinco segundos. La Tallarín nunca sería la
misma. Parece ser que el golpe en la cabeza dejó como
secuela una tendencia a desmayarse sin motivo o causa aparente.
El seguro asumió una parte de los gastos y yo tuve
que rematar todo para pagar el resto. Gracias a Dios el admirador
resultó ileso. De la noche a la mañana se hizo
famoso. La prensa lo convirtió en una personalidad
indispensable en los "reality show" y los programas dominicales.
- Ahora trabajamos juntos, soy su productor en un programa
de televisión que trata sobre las intimidades de los
famosos. Si la cosa sigue como hasta ahora, en medio año
termino de pagar mi departamento en Key Biscayne y ya puedo
empezar a pensar en comprarme un yate decente. Hace dos semanas
la Tallarín llamó para que la invitásemos
al programa pero todos estuvimos de acuerdo en que no era
conveniente porque esa mujer trae mala suerte.
FIN
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