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El admirador

@ Gonzalo Rojas Samanez

- Oiga, no se ponga así, no le haga caso, no es para tanto, ella está un poco nerviosa por el estreno de mañana... El tipejo no parece escucharme, sigue allí, asomado al vacío, agarrotado, sus grandes ojos azules rojimios por el llanto fijos en el horizonte: llora. Él, por supuesto, no lo sabe, pero yo también soy un perfecto llorón, soy de los que llora en la ópera, en el cine, oyendo a Mendelssohnn o a Schumann, lloro cada vez que veo la televisión de señal abierta y cada vez que reviso algunos documentos que prepara mi secretaria, como es lógico no puedo ver a la gente con los ojos rojimios por el llanto sin que se me parta el alma en cuatro y como me están entrando unas ganas asesinas de moquear un poco yo también, cometo el imperdonable error de acercarme y decirle:
- Si todavía quiere ver el ensayo yo puedo ayudarle... El hombre tardó en reaccionar. Se volvió con lujuriosa fusión, y aunque sus grandes ojos azules seguían fijos en el horizonte ya no parecían tan rojimios.
- ¿Cómo? ¿Usted puede?
- Yo soy el dueño del teatro, si yo no puedo entonces nadie puede. Mi experiencia como empresario dramatúrgico fue intensa, efímera y convincente. Quedó axiomáticamente demostrado que, administrando artistas, soy una mula. Lo que pasa es que yo venía de una experiencia empresarial exitosa. Cuando todo el mundo cerraba sus negocios o quebraba, gracias a un bien ubicado establecimiento de lavandería al peso, pudimos no sólo sobrevivir, lo cual ya es mucho decir, sino hacer ganancias nada despreciables. Digo pudimos porque tengo, mejor dicho tenía, un socio, Don Oscar Dupuy: argentino, mujeriego, desordenado, tragón, fumador y virtuoso poseedor de un don satánico: era un maestro en las refinadas artes de olfatear, escamotear y hacer dinero. Pero resulta que el dueño del local nos ganó un juicio que había durado seis años y tuvimos que cerrar la lavandería. Paseando por Barranco, Dupuy insistía en lo de tomar la franquicia de una cadena de restaurantes de comida rápida cuando descubrí aquella desbaratada mansión de solera finisecular a pocos metros del acantilado.
- Aquí podríamos levantar un teatrín, allá una sala de exposiciones... ¡Gran Centro Cultural: Franz Kafka!
- Vos sos loco, con la crisis nadie va al teatro, si antes de la crisis iban poco, vas a tener que meter un montón de plata para reconstruir este vejestorio, más barato te saldría demolerla y levantar un edificio de departamentos para intelectualoides che viejo.
Mi socio, como siempre, tenía razón, sin embargo, esto del Gran Centro Cultural "Franz Kafka" esa una obsesión que me acosa desde que tengo memoria.
- Vas a echar whisky en una canasta. Dentro de un año nadie va a dar un centavo por esta covacha. Está bien que seas aficionado a leer poemitas y a ir al teatro pero otra cosa es esto, el ballet y todas esas mariconadas no dan un centavo...
- Lo que pasa es que no saben hacer la vaina. Una vez que arreglemos esto traemos a María Salamin.
- ¿Cuál es esa?
- La que hizo teatro clásico en La Católica, varias telenovelas y después se fue a Miami. Una alta, delgada, bonita, que de lejos parece inteligente...
- ¿A la que le decían Mary Tallarín? ¿Una anchoveta?
- Eco.
- Ahora entiendo, oíme pero si querés tirártela no necesitás hacer tanto teatro...
- Contigo no se puede.
En el ensayo final, la Tallarín se emperrechinó, sólo un reducido grupo de personas, amigos y familiares, estaría en la platea. Nada de prensa. La segunda condición: silencio absoluto. La obra, una adaptación del viejo drama mitológico de Sita Rama, inspirado en el Ramayana de Valmiki, se titulaba "La tercera en discordia" y, hasta donde recuerdo, era un largo monólogo en catorce actos, cada uno de ellos con varios cuadros de gran complejidad en la tramoya escénica. La cosa marcha bastante bien hasta que unos ruidos extraños distraen nuestra atención y sobre el pretil en la mezzanine emerge el rostro paliducho del admirador: cabellos de un rubio pajoso, la mandíbula turgente y los ojos un poquito rojimios por el llanto.
- Buenass... por mi no se molesten, sigan por favor.
- ¿Quién es este? - el tono en la voz de Mary es casi un chillido.
- No sé, no lo conozco.
- Yo estudio en San Marcos, literatura, y soy su admirador...
- Sáquenlo, ni siquiera es de la Católica.
Había pasado más de un año desde que vi por primera vez la casona, había empeñado hasta la ropa interior y no podía darme el lujo de echar a perder todo por culpa de un huevotriste que quiere un autógrafo. Subí, lo tomé del codo con cuidado, él se dejó llevar mansamente. Llegamos hasta la puerta.
- Tenga, le regalo un pase, venga mañana al estreno.
- No es igual, yo quería verla en el ensayo, acercarme un ratito para que me firme esta foto.
No tendría más de veinticinco años. Todo en él comunicaba esa característica grandeza del pobretón que conserva la dignidad con los ojos rojimios por el llanto. Agregó algo sobre su madre internada en Neoplásicas por un cáncer al colon y, sin despedirse, se alejó hasta quedar en el borde del precipicio. En ese momento metí la pata.
- Si me promete no hacer ruido lo puedo ubicar en la azotea, venga. Por recomendación del arquitecto nos vimos obligados a gastar una millonada en reforzar toda un ala de la casa incluyendo las columnas, las paredes y parte de la azotea. Asomándose desde una claraboya ubicada encima de la platea uno podía, aunque con cierta incomodidad, contemplar el espectáculo. Como el dinero no alcanzó para más, el techo del propio escenario seguía siendo de quincha (una mezcla de carrizo con adobe).
- Ya sabe, quédese aquí y procure no respirar. No intente ver por la otra claraboya porque el suelo cede. Cuando acabe el ensayo tal vez yo pueda hacer que ella lo reciba un instante. No es mala persona, lo que pasa es que es prima dona, es un fenómeno de la naturaleza y...
- No, yo entiendo y no sabe como le agradezco.
Al regresar a la platea María preguntó:
- ¿Podemos seguir?
- Si, mil disculpas, ya avisé afuera al huachi para que tenga más cuidado.
- Tenemos que empezar otra vez desde el primer acto. Ya perdí concentración.
En el primer cuadro del primer acto, música de Kitaro, María emerge de la oscuridad completamente desnuda, calatita, tolaca y se manda con un monólogo de una profundidad filosófica y existencial que te quedas cojudo. Así que nadie se opuso a la idea.
No habían transcurrido ni cinco minutos cuando se produjo la catástrofe. Crujidos chirridos desde el techo del escenario y de pronto una avalancha de adobes, carrizos, maderas y tierra sepulta a María cuando no había terminado de girar la cabeza hacia el cielo; desmondongado sobre los escombros surge el admirador buscando en su bolsillo la foto y trata de reanimar a la diva para que se la firme. Es así que mi sueño del Gran Centro Cultural propio se derrumbó en cinco segundos. La Tallarín nunca sería la misma. Parece ser que el golpe en la cabeza dejó como secuela una tendencia a desmayarse sin motivo o causa aparente. El seguro asumió una parte de los gastos y yo tuve que rematar todo para pagar el resto. Gracias a Dios el admirador resultó ileso. De la noche a la mañana se hizo famoso. La prensa lo convirtió en una personalidad indispensable en los "reality show" y los programas dominicales.
- Ahora trabajamos juntos, soy su productor en un programa de televisión que trata sobre las intimidades de los famosos. Si la cosa sigue como hasta ahora, en medio año termino de pagar mi departamento en Key Biscayne y ya puedo empezar a pensar en comprarme un yate decente. Hace dos semanas la Tallarín llamó para que la invitásemos al programa pero todos estuvimos de acuerdo en que no era conveniente porque esa mujer trae mala suerte.

FIN