El libro
Sugerencias
enlaces
verdura
grupo buho
alucheweb
webazox
pág carabanchel
Chat de Carabanchel
La Historia...
El Arte
La Música

LA MANSION DEL SUEÑO ROJO

@ J. Luís Fernández

Un golpeteo apacible sonó a la puerta del doctor Confucio Rodríguez. El vetusto científico, volteó la cabeza y un tanto contrariado se determinó a abrir. Estiró su frágil y rugosa mano para girar la perilla y asomó curioso para ver quién había profanado su sepulcral intimidad.

Una joven mujer de colorido aspecto, ojos grandes y centelleantes, mostró una afectuosa sonrisita al tiempo que estiraba sus manos para tomar las de aquel hombre de expresión inteligente.

_¿Interrumpo algo, doctor?

_¡ Pasa, Lazarita! Sólo estaba trabajando en un invento más.

_¿Lo sabré, doctor? ¡ dígame! ¿lo sabré?

Él, se alzó de hombros y retiró los anteojos de su rostro. Con una sonrisa resignada asintió.

_¡ Como buen ciudadano, y consciente de que vivimos en una ciudad smoglodita en grado superlativo, me he determinado a la encomiable tarea de inventar un blanqueador para ropa…!

Lázara, estuvo a breve santiamén de poner en tela de juicio, el juicio mismo del anciano, iba a responder cuando nuevamente habló el hombre de ciencia, encastillado en su apasionada teoría.

_¡ Aaaah! ¡ Pero no cualquier blanqueador, no! Éste, será un super blanqueador ecológico, que no representará daño alguno para ser viviente sobre la faz de este devastado y canceroso planeta.

La joven mujer, dio un largo suspiro, se dejó caer sobre un antiguo sillón barroco y meneó la cabeza:

_¡ Eso, suena muy bien, doctor! Pero… ¿ qué hay de lo mío…?

El doctor Confucio Rodríguez, se acercó lentamente a Lázara, le acarició la barbilla y con voz suave le inquirió:

_¿ Aún sueñas con esa pócima maravillosa que te hará llegar al hombre de tu vida…? Escucha muy bien, tengo muy buenas noticias para ti…

Lázara, de un brinco se puso de pie, y más atenta que nunca, se acercó al anciano, de cuyos labios quería escuchar aquellas palabras que había estado esperando con ansias, desde hacía ya, varios atardeceres.

_…No hay elíxir para ti… Podría existir algo aún mejor…Inventaré para tu uso exclusivo, para tus nupcias y para el resto de tu vida, al hombre ideal… Al ser más perfecto y mejor domado que tus lindos ojos hayan visto; incluso, ya le tengo bautizado, será… "El hombre nutria".

Don Batmanio Luján, hombre gallardo y amable, desde su vigorosa infancia había tenido la sacerdotal idea, de ayudar a cuanta persona se hallase en penuria. Su desempeño como minero en la compañía minera "La Gallina de los Huevos de Oro, S.A.", le había sido propicio para realizar una heroica labor, pudiendo así, haberse hecho merecedor un par de veces de la insignia "MÉRITO AL VALOR", ganada a pulso por haber rescatado a dos compañeros suyos en distintos derrumbes en las minas, y que, el mismo gobernador, don Pánfilo Villaurrutia, le había entregado de propia mano.

_"Mérito a los huevos de oro"_ Decía Benito González, un niño de siete años de edad, hijo de Malaquías González, quien se desempeñaba como capataz en las viejas minas.

Batmanio Luján, vivía en compañía de Antolín López, flacucho hombre, de carácter bonachón, y que fungía como payaso en el gran circo de la ciudad.

Antolín, siempre pensó que había llegado por accidente a esa plausible profesión, pero lo cierto es que era lo único que estaba exento de accidente en su accidentada vida. Tenía la enorme fortuna o desventura, de ser perseguido por los perros; tropezar con innumerables objetos; caer en charcos de agua; golpearse la cabeza con una constancia insuperable, y además, todo eso con una extraordinaria gracia que le granjeaba la envidia de los más cotizados payasos del país.

Batmanio y Antolín, habían llegado hasta el domicilio del doctor Confucio Rodríguez, ya que estaban plenamente convencidos de que era el único ser de la región, que podría ayudarlos: uno quería ser más popular y admirado por los niños. El otro ya no quería cometer tantas torpezas, aun a sabiendas de que eso le costaría su empleo como payaso.

A ambos les habían llegado fragorosas noticias de que el doctor Confucio Rodríguez había hecho maravillas con algunas gentes desesperadas y les había transformado a tal grado de regresarles el amor por la vida. Entre los casos más sonados se encontraba el de Genovevo Reséndiz, que era el ser más inocente en toda la ciudad. Genovevo sólo recordaba la única travesura cometida en su vida: había sido cuando cumplió cuatro años de edad. Se preparó un esmerado festín en su honor, y cada invitado que se atrevía a decir: "Qué bonito niño, y dime ¿cuántos años cumples?" Genovevo contestaba asiduamente: "Come caca". Los padres se contentaron con sonreír a los convidados utilizando elaboradas excusas, pero, cuando ya se había retirado el último de los asistentes, Genovevo fue tremendamente apaleado por éstos, quienes se iban turnando en las fenomenales tundas, hasta desquitar toda la ira que les acumuló el oprobio.

Desde entonces, Genovevo Reséndiz se había transformado en el hombre más inocente de la ciudad, hasta que visitó al doctor Confucio Rodríguez.

Otro caso digno de ser platicado entre las gentes , era el de doña Marilyn Pérez, madre de Benito González y esposa de don Malaquías. Mujer tan evasiva, que terminó por evadirlo todo, hasta se evadía a sí misma. Pero, la milagrosa mano del arcaico doctor la transformó, hasta convertirse en la presidenta del voluntariado "Mujeres en Acción".

Cuando Batmanio y Antolín encontraron el domicilio del doctor, éste no pudo atenderlos porque se disponía a asistir a la elegante ceremonia nupcial entre la bella Lázara y el airoso hombre Nutria, mas la excusa sirvió a la vez de invitación.

La boda fue todo un éxito.- Lázara lloraba a mares, pues se había hecho realidad el sueño que nunca había cesado de florecer, día tras día, noche tras noche, de suspiros y sollozos melancólicos. Ella caminaba tomada del brazo del hombre Nutria, el cual, iba sobre un carrito tirado de un cordón por un pequeño paje, que agradecía con la mano la presencia de todos los invitados.

Días después, Batmanio y Antolín decidieron que era hora de hacer una nueva visita al doctor Confucio, pero de nueva cuenta no podían ser recibidos. El honorable doctor, tenía un compromiso con la inmortalidad: Era la presentación en la universidad, de su legendario invento: El blanqueador ecológico.

Aquella tarde las golondrinas revolotearon sobre el espléndido auditorio, con sus graciosas alas saludaron en pos de un augurio que nadie percibió. El brillante científico, con micrófono en mano, disertaba sobre su valioso hallazgo. Ya casi al final, tomó la botella desechable que contenía el célebre blanqueador y pronunció:

_…Y para que puedan comprobar que es un blanqueador inofensivo, aquí tienen una prueba irrefutable…

El doctor Confucio Rodríguez, se tomó hasta la última gota de aquel líquido verdoso, miró alrededor de sí, con una enorme y triunfal sonrisa, y poco después, con el peso de un tronco, cayó de bruces.

Ahí culminaba una vida entregada a la búsqueda de beneficios para la humanidad. Había sido como los cometas, firmes en su viaje, negándose a seguir el orden de los planetas, para encontrar los propios designios de su corazón. Pero, el sueño rojo, entendido como el color de la energía, de la vida y de la pasión, había quedado para siempre, como aquellas golondrinas… suspendido en el aire.

FIN