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Un
golpeteo apacible sonó a la puerta del doctor Confucio
Rodríguez. El vetusto científico, volteó
la cabeza y un tanto contrariado se determinó a abrir.
Estiró su frágil y rugosa mano para girar la
perilla y asomó curioso para ver quién había
profanado su sepulcral intimidad.
Una joven mujer de colorido aspecto, ojos grandes y centelleantes,
mostró una afectuosa sonrisita al tiempo que estiraba
sus manos para tomar las de aquel hombre de expresión
inteligente.
_¿Interrumpo algo, doctor?
_¡ Pasa, Lazarita! Sólo estaba trabajando en
un invento más.
_¿Lo sabré, doctor? ¡ dígame! ¿lo
sabré?
Él, se alzó de hombros y retiró los anteojos
de su rostro. Con una sonrisa resignada asintió.
_¡ Como buen ciudadano, y consciente de que vivimos
en una ciudad smoglodita en grado superlativo, me he determinado
a la encomiable tarea de inventar un blanqueador para ropa…!
Lázara, estuvo a breve santiamén de poner en
tela de juicio, el juicio mismo del anciano, iba a responder
cuando nuevamente habló el hombre de ciencia, encastillado
en su apasionada teoría.
_¡ Aaaah! ¡ Pero no cualquier blanqueador, no!
Éste, será un super blanqueador ecológico,
que no representará daño alguno para ser viviente
sobre la faz de este devastado y canceroso planeta.
La joven mujer, dio un largo suspiro, se dejó caer
sobre un antiguo sillón barroco y meneó la cabeza:
_¡ Eso, suena muy bien, doctor! Pero… ¿ qué
hay de lo mío…?
El doctor Confucio Rodríguez, se acercó lentamente
a Lázara, le acarició la barbilla y con voz
suave le inquirió:
_¿ Aún sueñas con esa pócima maravillosa
que te hará llegar al hombre de tu vida…? Escucha muy
bien, tengo muy buenas noticias para ti…
Lázara, de un brinco se puso de pie, y más atenta
que nunca, se acercó al anciano, de cuyos labios quería
escuchar aquellas palabras que había estado esperando
con ansias, desde hacía ya, varios atardeceres.
_…No hay elíxir para ti… Podría existir algo
aún mejor…Inventaré para tu uso exclusivo, para
tus nupcias y para el resto de tu vida, al hombre ideal… Al
ser más perfecto y mejor domado que tus lindos ojos
hayan visto; incluso, ya le tengo bautizado, será…
"El hombre nutria".
Don Batmanio Luján, hombre gallardo y amable, desde
su vigorosa infancia había tenido la sacerdotal idea,
de ayudar a cuanta persona se hallase en penuria. Su desempeño
como minero en la compañía minera "La Gallina
de los Huevos de Oro, S.A.", le había sido propicio
para realizar una heroica labor, pudiendo así, haberse
hecho merecedor un par de veces de la insignia "MÉRITO
AL VALOR", ganada a pulso por haber rescatado a dos compañeros
suyos en distintos derrumbes en las minas, y que, el mismo
gobernador, don Pánfilo Villaurrutia, le había
entregado de propia mano.
_"Mérito a los huevos de oro"_ Decía Benito
González, un niño de siete años de edad,
hijo de Malaquías González, quien se desempeñaba
como capataz en las viejas minas.
Batmanio Luján, vivía en compañía
de Antolín López, flacucho hombre, de carácter
bonachón, y que fungía como payaso en el gran
circo de la ciudad.
Antolín, siempre pensó que había llegado
por accidente a esa plausible profesión, pero lo cierto
es que era lo único que estaba exento de accidente
en su accidentada vida. Tenía la enorme fortuna o desventura,
de ser perseguido por los perros; tropezar con innumerables
objetos; caer en charcos de agua; golpearse la cabeza con
una constancia insuperable, y además, todo eso con
una extraordinaria gracia que le granjeaba la envidia de los
más cotizados payasos del país.
Batmanio y Antolín, habían llegado hasta el
domicilio del doctor Confucio Rodríguez, ya que estaban
plenamente convencidos de que era el único ser de la
región, que podría ayudarlos: uno quería
ser más popular y admirado por los niños. El
otro ya no quería cometer tantas torpezas, aun a sabiendas
de que eso le costaría su empleo como payaso.
A ambos les habían llegado fragorosas noticias de que
el doctor Confucio Rodríguez había hecho maravillas
con algunas gentes desesperadas y les había transformado
a tal grado de regresarles el amor por la vida. Entre los
casos más sonados se encontraba el de Genovevo Reséndiz,
que era el ser más inocente en toda la ciudad. Genovevo
sólo recordaba la única travesura cometida en
su vida: había sido cuando cumplió cuatro años
de edad. Se preparó un esmerado festín en su
honor, y cada invitado que se atrevía a decir: "Qué
bonito niño, y dime ¿cuántos años
cumples?" Genovevo contestaba asiduamente: "Come caca". Los
padres se contentaron con sonreír a los convidados
utilizando elaboradas excusas, pero, cuando ya se había
retirado el último de los asistentes, Genovevo fue
tremendamente apaleado por éstos, quienes se iban turnando
en las fenomenales tundas, hasta desquitar toda la ira que
les acumuló el oprobio.
Desde entonces, Genovevo Reséndiz se había transformado
en el hombre más inocente de la ciudad, hasta que visitó
al doctor Confucio Rodríguez.
Otro caso digno de ser platicado entre las gentes , era el
de doña Marilyn Pérez, madre de Benito González
y esposa de don Malaquías. Mujer tan evasiva, que terminó
por evadirlo todo, hasta se evadía a sí misma.
Pero, la milagrosa mano del arcaico doctor la transformó,
hasta convertirse en la presidenta del voluntariado "Mujeres
en Acción".
Cuando Batmanio y Antolín encontraron el domicilio
del doctor, éste no pudo atenderlos porque se disponía
a asistir a la elegante ceremonia nupcial entre la bella Lázara
y el airoso hombre Nutria, mas la excusa sirvió a la
vez de invitación.
La boda fue todo un éxito.- Lázara lloraba a
mares, pues se había hecho realidad el sueño
que nunca había cesado de florecer, día tras
día, noche tras noche, de suspiros y sollozos melancólicos.
Ella caminaba tomada del brazo del hombre Nutria, el cual,
iba sobre un carrito tirado de un cordón por un pequeño
paje, que agradecía con la mano la presencia de todos
los invitados.
Días después, Batmanio y Antolín decidieron
que era hora de hacer una nueva visita al doctor Confucio,
pero de nueva cuenta no podían ser recibidos. El honorable
doctor, tenía un compromiso con la inmortalidad: Era
la presentación en la universidad, de su legendario
invento: El blanqueador ecológico.
Aquella tarde las golondrinas revolotearon sobre el espléndido
auditorio, con sus graciosas alas saludaron en pos de un augurio
que nadie percibió. El brillante científico,
con micrófono en mano, disertaba sobre su valioso hallazgo.
Ya casi al final, tomó la botella desechable que contenía
el célebre blanqueador y pronunció:
_…Y para que puedan comprobar que es un blanqueador inofensivo,
aquí tienen una prueba irrefutable…
El doctor Confucio Rodríguez, se tomó hasta
la última gota de aquel líquido verdoso, miró
alrededor de sí, con una enorme y triunfal sonrisa,
y poco después, con el peso de un tronco, cayó
de bruces.
Ahí culminaba una vida entregada a la búsqueda
de beneficios para la humanidad. Había sido como los
cometas, firmes en su viaje, negándose a seguir el
orden de los planetas, para encontrar los propios designios
de su corazón. Pero, el sueño rojo, entendido
como el color de la energía, de la vida y de la pasión,
había quedado para siempre, como aquellas golondrinas…
suspendido en el aire.
FIN
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