El libro
Sugerencias
enlaces
verdura
grupo buho
alucheweb
webazox
pág carabanchel
Chat de Carabanchel
La Historia...
El Arte
La Música

UN GENIO BOXEANDO

Juan Luis Monedero Rodrigo juanlu2601@yahoo.com

UN GENIO BOXEANDO


-Nos encontramos en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid dispuestos a entrevistar, después de la emocionante pelea, al brillante vencedor de la misma, Mauro Romero. ¿Qué nos puede decir sobre el combate, Mauro?
-¡Hombre! Pues creo que es obvio que he arrasado a mi contrincante. No quisiera ser pretencioso, pero al hecho de tumbar a tu rival al cabo de poco más de un minuto y después de haberle dado sólo media docena de golpes alternos para rematar con un crochet cruzado de izquierda, vamos, un simple gancho de izquierda directo a su maxilar inferior derecho, me parece que bien se le puede llamar arrasar, ¿no le parece?
-No creo que sea pretencioso, en efecto -contemporizó el locutor, dispuesto a formular una pregunta que consideraba un poco más incómoda para el entrevistado-. Ha sido un K.O. técnico en el primer asalto, por el cual debo darle la enhorabuena. Pero, al margen del combate y con intención de satisfacer la demanda de sus múltiples admiradores, me gustaría que nos explicara cómo ha llegado a convertirse Mauro Romero en el púgil de moda.
-¡Menuda pregunta! -replicó el boxeador, sensiblemente divertido ante la impericia del periodista- Pues, evidentemente, lo he conseguido a puñetazo limpio, recibiendo golpes y tumbando a mis cuatro últimos rivales por K.O. ¿No le parece?
-Sí, sí, claro -admitió el locutor tratando de disimular el nerviosismo-. Pero no me refería a los combates -en este momento, una risita histérica le delató-. ¡Ejem! Nuestro público se pregunta cómo alguien de su mundo ha terminado dedicándose al boxeo de forma profesional. No es normal que dentro del peso mosca ningún boxeador, ni aun grandes campeones consagrados, alcancen su notoriedad. Por favor, le ruego que no se ofenda por este último comentario. Pero no es casual que a su éxito se una el apodo con el que ha pasado a ser conocido popularmente: el Tigre de Universitaria. También hay quien se refiere a usted como el "Valdano" del ring, en alusión a su facilidad de palabra. Esos motes han de significar algo.
-En primer lugar, le diré que no me ofendo por su anterior comentario. Está claro que no soy un boxeador consagrado y mucho menos aún un gran campeón. En segundo lugar, le diré que, obviamente, ambos apelativos a los que usted se ha referido tienen un significado.
En este momento el boxeador hizo una pausa que resultó larga e incómoda para el entrevistador que, por un momento, temió que el púgil eludiera la respuesta.
-En fin, como, aunque no lo ha preguntado directamente, me imagino que sus comentarios iban encaminados a que yo le explicase el significado de los nombres que el público ha inventado para referirse a mí, voy a satisfacer su curiosidad y, si lo que usted dice es cierto, la de algunos de los espectadores.
Nueva pausa. Breve. Sólo el tiempo necesario para hilar una respuesta larga y explícita.
-Como todos pueden imaginar, yo no he inventado esos "títulos" con los que el público se refiere a mí. De hecho, nunca he pretendido tener nombre artístico. Es más, nunca he pensado que el boxeo sea en verdad un arte. Espero no haber ofendido a ningún aficionado. Bien, pues la explicación es la siguiente:
>>Si me llaman el "Tigre de Universitaria" es porque he pasado los últimos años de mi vida en el recinto de la Ciudad Universitaria de Madrid. Para ser más concreto, cursé mi licenciatura en Filosofía y Letras por la facultad de la Universidad Complutense en dicho recinto. Fue en la misma facultad donde completé mi doctorado bajo el título de "Hermenéutica y casuística de la heurística", por si a alguien le interesa. Finalmente, ejercí como profesor ayudante durante un par de años y dirigí dos seminarios, uno de "Ética finisecular" y otro sobre Hegel. Como, en cierto sentido, esa formación me presupone persona letrada, creo que ello justifica el segundo apelativo que me compara a uno de los pocos deportistas tan admirable por sus gestas futbolísticas como por lo lúcido de sus comentarios.
Nueva pausa y sonrisa sardónica, casi malvada, que se dibuja en los labios del púgil.
-¿Alguna cosa más? -añadió, finalmente, para mayor exasperación de su interlocutor.
-Bueno -comenzó el periodista notablemente dubitativo-, su respuesta ha sido muy clara para nuestros espectadores pero -y en este punto trató de simular un gesto jovial que se vio traicionado por el temblor de su voz al terminar la frase- creo que nuestro público desea conocer las razones que le llevaron a cambiar meditación y docencia por el cuadrilátero.
-¡Ah!, ¿era eso lo que quería saber desde un principio? -dijo el campeón haciéndose el ingenuo- Podía haberme expuesto el caso directamente y así no habría divagado al respecto. De modo que, si no le molesta, les daré a usted y al público una respuesta sincera y concreta: porque me apetecía intercambiar mamporros. ¿Satisfecho?
No dijo más. Se quedó callado y sonriente. El entrevistador se aflojó el cuello de la corbata y se secó disimuladamente el sudor de la frente con un pañuelo. Pensando que el entrevistado era un auténtico capullo, se aproximó el micro a la boca para hacer una nueva pregunta pero, en ese momento, Mauro Romero volvió a hablar, interrumpiendo su intento.
-Como veo que mi respuesta clara y concisa no le ha satisfecho, creo que se la ampliaré, aunque, como usted comprenderá, no tengo ninguna obligación de explicar las razones privadas, que son sólo mías, que me han llevado a convertirme en boxeador profesional. Como me da igual que mis motivaciones se sepan o no, allá van.
>>Comprendo que a mucha gente le sorprenderá que un intelectual, si es que se me quiere ver como tal, entre en el mundo del boxeo. En realidad, las razones son simples y mi "vocación" -esta última palabra sonó en sus labios con un retintín especial- viene de antiguo, pues ya en mis tiempos de estudiante practicaba el pugilismo aunque, eso sí, como simple aficionado. He dicho razones y, en mi opinión, de eso se trata y no de un mero impulso o arrebato.
>>¿Por qué el boxeo precisamente? Para contestar a esa pregunta, primero debería responder a otra que, dada la situación, puede parecer, cuando menos, trivial. Pero no lo es. Se trata de saber por qué mis pasos me dirigieron hacia los estudios de filosofía a los que he dedicado una enorme cantidad de tiempo. La respuesta a esta última pregunta es bien sencilla: por curiosidad. Fue la curiosidad la que me movió a hacerme filósofo. El propio término filósofo significa lo que yo me siento: amante del saber o del conocimiento. Qué mejor, por tanto, que estudiar la ciencia de la filosofía. Que no se me ofendan los autodenominados científicos, pues por el término ciencia entiendo sólo saber, que es lo que significa, y no las actuales disciplinas científicas que, todo hay que decirlo, también atrajeron mi atención e interés durante bastante tiempo. En fin, no es cuestión de divagar, así que volveré a la pregunta clave.
>>He comentado que me hice filósofo por el amor al saber. Leí y estudié a muchos filósofos del pasado. Comulgué con las ideas de unos y rechacé las de otros. Con el tiempo, preferencias y odios fueron cambiando pero, en cualquier caso, todos los autores, hasta los que resultaban más afines a mi modo de pensar, terminaron por defraudarme, puesto que ninguno era capaz de elucidar una "Verdad" que, hay que admitirlo, ni tan siquiera es seguro que exista.
>>Hablando de existir, tras topar con el existencialismo y vivir en mis propias carnes, o, por mejor decir, mis propias neuronas, el significado de la expresión "vacío vital", experimenté una profunda crisis intelectual que me llevó a la situación actual.
>>La realidad es que en algunas fases depresivas de mi juventud ya me había lanzado al boxeo como método de catarsis mental y expiación de sufrimientos. Muchas de esas pequeñas crisis eran, más que intelectuales, simples crisis emotivas. La definitiva, sin embargo, se produjo hace ya casi un año cuando, en medio de una aburrida clase acerca de panteísmo spinoziano en la facultad, me abordó como una revelación la cuestión clave de la imposibilidad del conocimiento verdadero. Comprenderá que, una vez comprobado que el vacío existencial que anidaba en mi mente jamás podría ser rellenado, me llegó la verdadera crisis personal.
>>Fue entonces cuando recurrí nuevamente al boxeo. Las razones son claras. Si toda persona aspira a la felicidad. Si mi mayor deseo es satisfacer mi enorme curiosidad. Si, a la vez, sé que mi curiosidad no puede ser satisfecha. ¿Deberé, entonces, renunciar a la felicidad? Posiblemente sí. Pero, al mismo tiempo, aunque la curiosidad no pueda ser satisfecha, su voraz apetito sí que puede ser tranquilizado a través del trabajo físico. ¿Qué mejor, por tanto, que buscar una actividad deportiva violenta como el boxeo que, además de estar reñida, al margen del cultivo de la agilidad y una cierta astucia, con el trabajo intelectual, me permite dejar mi mente en blanco? La curiosidad no puede ser satisfecha, pero sí ignorada. El mayor problema de nuestra sociedad actual, y causa casi universal de infelicidad e insatisfacción, es que pensamos demasiado. Tal es mi opinión, que no me voy a poner a defender ahora con farragosos argumentos. Pero está claro que quien pasa hambre o sufre no piensa demasiado en resolver problemas metafísicos. De modo que, renunciando precisamente a la metafísica, y cambiándola por el sufrimiento, puedo alcanzar una cierta calma espiritual que, de otro modo, no me era posible suponer posible.
>>Así que, cuando me asalta el deseo de meditar sobre cuestiones trascendentes, me basta con ponerme a entrenar con el saco, ponerme a correr o saltar, o directamente pegarme con alguien, para dejar de pensar y simplificar la vida. Si el único objetivo es mantener entera tu propia cara y acabar agotado, no hay filosofía ni curiosidad que valgan. La liberación más accesible para una mente inquieta y preocupada reside en machacar los propios músculos, y los ajenos, con una buena somanta de palos y tu piel llena de sudor y magulladuras.
>>No sé si mis razones habrán quedado muy claras para los espectadores. En realidad, no me importa demasiado. Pero, por expresarlo más llanamente, lo que pretendo es pensar lo menos posible. Dejar a un lado el intelecto y dejarme invadir por lo exclusivamente vital. Sé que a muchos lo que les sorprende es, precisamente, que un intelectual se arriesgue a quedar "sonado" a fuerza de recibir golpes. Y es posible que así suceda, aunque no es ése mi objetivo fundamental. En todo caso, la pérdida de capacidades me liberaría definitivamente del vacío existencialista, ¿no cree?
Aquí el periodista aprovechó la oportunidad para hacer un inciso con el que frenar la verborrea del púgil-filósofo. El locutor se daba perfecta cuenta de que su interlocutor estaba estropeándole adrede la entrevista. Hasta ahora había aguantado estoicamente el chaparrón pero ahora vislumbraba la salida y su pequeña venganza con respecto al boxeador.
-Supongo que será así -respondió de modo nada convincente e hizo una nueva pausa, lo bastante breve para crear expectación y no permitir a Mauro Romero que recuperase el hilo de sus pensamientos y la palabra-. Bueno, pues muchas gracias por su amabilidad y espero, de todo corazón, que sus deseos, que tan claramente ha expresado para nuestro público -ahora el retintín en la voz estaba en la frase del locutor-, se cumplan en todos sus extremos.
-Gracias y adiós -replicó el boxeador, sin interés aparente, como si no se diera cuenta del doble sentido en las palabras del entrevistador. Se encogió de hombros y salió de cuadro.
-Esto es todo desde el Palacio de los Deportes.
El periodista cortó la transmisión y resopló. Aquel capullo había convertido la entrevista final en un infierno. Y la mayor parte del público, sin duda, habría desconectado el televisor ante aquel galimatías pseudofilosófico. Eso ya lo dirían las audiencias. Si no fuera porque todavía era capaz de imaginar a Mauro Romero sonado por completo a fuerza de golpes, después de haber conseguido su objetivo pugilístico primordial, estaría de muy pero que muy mal humor.

Juan Luis Monedero Rodrigo