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UN GENIO BOXEANDO
-Nos encontramos en el Palacio
de los Deportes de la Comunidad de Madrid dispuestos a entrevistar,
después de la emocionante pelea, al brillante vencedor
de la misma, Mauro Romero. ¿Qué nos puede decir
sobre el combate, Mauro?
-¡Hombre! Pues creo que es obvio que he arrasado a mi
contrincante. No quisiera ser pretencioso, pero al hecho de
tumbar a tu rival al cabo de poco más de un minuto
y después de haberle dado sólo media docena
de golpes alternos para rematar con un crochet cruzado de
izquierda, vamos, un simple gancho de izquierda directo a
su maxilar inferior derecho, me parece que bien se le puede
llamar arrasar, ¿no le parece?
-No creo que sea pretencioso, en efecto -contemporizó
el locutor, dispuesto a formular una pregunta que consideraba
un poco más incómoda para el entrevistado-.
Ha sido un K.O. técnico en el primer asalto, por el
cual debo darle la enhorabuena. Pero, al margen del combate
y con intención de satisfacer la demanda de sus múltiples
admiradores, me gustaría que nos explicara cómo
ha llegado a convertirse Mauro Romero en el púgil de
moda.
-¡Menuda pregunta! -replicó el boxeador, sensiblemente
divertido ante la impericia del periodista- Pues, evidentemente,
lo he conseguido a puñetazo limpio, recibiendo golpes
y tumbando a mis cuatro últimos rivales por K.O. ¿No
le parece?
-Sí, sí, claro -admitió el locutor tratando
de disimular el nerviosismo-. Pero no me refería a
los combates -en este momento, una risita histérica
le delató-. ¡Ejem! Nuestro público se
pregunta cómo alguien de su mundo ha terminado dedicándose
al boxeo de forma profesional. No es normal que dentro del
peso mosca ningún boxeador, ni aun grandes campeones
consagrados, alcancen su notoriedad. Por favor, le ruego que
no se ofenda por este último comentario. Pero no es
casual que a su éxito se una el apodo con el que ha
pasado a ser conocido popularmente: el Tigre de Universitaria.
También hay quien se refiere a usted como el "Valdano"
del ring, en alusión a su facilidad de palabra. Esos
motes han de significar algo.
-En primer lugar, le diré que no me ofendo por su anterior
comentario. Está claro que no soy un boxeador consagrado
y mucho menos aún un gran campeón. En segundo
lugar, le diré que, obviamente, ambos apelativos a
los que usted se ha referido tienen un significado.
En este momento el boxeador hizo una pausa que resultó
larga e incómoda para el entrevistador que, por un
momento, temió que el púgil eludiera la respuesta.
-En fin, como, aunque no lo ha preguntado directamente, me
imagino que sus comentarios iban encaminados a que yo le explicase
el significado de los nombres que el público ha inventado
para referirse a mí, voy a satisfacer su curiosidad
y, si lo que usted dice es cierto, la de algunos de los espectadores.
Nueva pausa. Breve. Sólo el tiempo necesario para hilar
una respuesta larga y explícita.
-Como todos pueden imaginar, yo no he inventado esos "títulos"
con los que el público se refiere a mí. De hecho,
nunca he pretendido tener nombre artístico. Es más,
nunca he pensado que el boxeo sea en verdad un arte. Espero
no haber ofendido a ningún aficionado. Bien, pues la
explicación es la siguiente:
>>Si me llaman el "Tigre de Universitaria"
es porque he pasado los últimos años de mi vida
en el recinto de la Ciudad Universitaria de Madrid. Para ser
más concreto, cursé mi licenciatura en Filosofía
y Letras por la facultad de la Universidad Complutense en
dicho recinto. Fue en la misma facultad donde completé
mi doctorado bajo el título de "Hermenéutica
y casuística de la heurística", por si
a alguien le interesa. Finalmente, ejercí como profesor
ayudante durante un par de años y dirigí dos
seminarios, uno de "Ética finisecular" y
otro sobre Hegel. Como, en cierto sentido, esa formación
me presupone persona letrada, creo que ello justifica el segundo
apelativo que me compara a uno de los pocos deportistas tan
admirable por sus gestas futbolísticas como por lo
lúcido de sus comentarios.
Nueva pausa y sonrisa sardónica, casi malvada, que
se dibuja en los labios del púgil.
-¿Alguna cosa más? -añadió, finalmente,
para mayor exasperación de su interlocutor.
-Bueno -comenzó el periodista notablemente dubitativo-,
su respuesta ha sido muy clara para nuestros espectadores
pero -y en este punto trató de simular un gesto jovial
que se vio traicionado por el temblor de su voz al terminar
la frase- creo que nuestro público desea conocer las
razones que le llevaron a cambiar meditación y docencia
por el cuadrilátero.
-¡Ah!, ¿era eso lo que quería saber desde
un principio? -dijo el campeón haciéndose el
ingenuo- Podía haberme expuesto el caso directamente
y así no habría divagado al respecto. De modo
que, si no le molesta, les daré a usted y al público
una respuesta sincera y concreta: porque me apetecía
intercambiar mamporros. ¿Satisfecho?
No dijo más. Se quedó callado y sonriente. El
entrevistador se aflojó el cuello de la corbata y se
secó disimuladamente el sudor de la frente con un pañuelo.
Pensando que el entrevistado era un auténtico capullo,
se aproximó el micro a la boca para hacer una nueva
pregunta pero, en ese momento, Mauro Romero volvió
a hablar, interrumpiendo su intento.
-Como veo que mi respuesta clara y concisa no le ha satisfecho,
creo que se la ampliaré, aunque, como usted comprenderá,
no tengo ninguna obligación de explicar las razones
privadas, que son sólo mías, que me han llevado
a convertirme en boxeador profesional. Como me da igual que
mis motivaciones se sepan o no, allá van.
>>Comprendo que a mucha gente le sorprenderá
que un intelectual, si es que se me quiere ver como tal, entre
en el mundo del boxeo. En realidad, las razones son simples
y mi "vocación" -esta última palabra
sonó en sus labios con un retintín especial-
viene de antiguo, pues ya en mis tiempos de estudiante practicaba
el pugilismo aunque, eso sí, como simple aficionado.
He dicho razones y, en mi opinión, de eso se trata
y no de un mero impulso o arrebato.
>>¿Por qué el boxeo precisamente? Para
contestar a esa pregunta, primero debería responder
a otra que, dada la situación, puede parecer, cuando
menos, trivial. Pero no lo es. Se trata de saber por qué
mis pasos me dirigieron hacia los estudios de filosofía
a los que he dedicado una enorme cantidad de tiempo. La respuesta
a esta última pregunta es bien sencilla: por curiosidad.
Fue la curiosidad la que me movió a hacerme filósofo.
El propio término filósofo significa lo que
yo me siento: amante del saber o del conocimiento. Qué
mejor, por tanto, que estudiar la ciencia de la filosofía.
Que no se me ofendan los autodenominados científicos,
pues por el término ciencia entiendo sólo saber,
que es lo que significa, y no las actuales disciplinas científicas
que, todo hay que decirlo, también atrajeron mi atención
e interés durante bastante tiempo. En fin, no es cuestión
de divagar, así que volveré a la pregunta clave.
>>He comentado que me hice filósofo por el amor
al saber. Leí y estudié a muchos filósofos
del pasado. Comulgué con las ideas de unos y rechacé
las de otros. Con el tiempo, preferencias y odios fueron cambiando
pero, en cualquier caso, todos los autores, hasta los que
resultaban más afines a mi modo de pensar, terminaron
por defraudarme, puesto que ninguno era capaz de elucidar
una "Verdad" que, hay que admitirlo, ni tan siquiera
es seguro que exista.
>>Hablando de existir, tras topar con el existencialismo
y vivir en mis propias carnes, o, por mejor decir, mis propias
neuronas, el significado de la expresión "vacío
vital", experimenté una profunda crisis intelectual
que me llevó a la situación actual.
>>La realidad es que en algunas fases depresivas de
mi juventud ya me había lanzado al boxeo como método
de catarsis mental y expiación de sufrimientos. Muchas
de esas pequeñas crisis eran, más que intelectuales,
simples crisis emotivas. La definitiva, sin embargo, se produjo
hace ya casi un año cuando, en medio de una aburrida
clase acerca de panteísmo spinoziano en la facultad,
me abordó como una revelación la cuestión
clave de la imposibilidad del conocimiento verdadero. Comprenderá
que, una vez comprobado que el vacío existencial que
anidaba en mi mente jamás podría ser rellenado,
me llegó la verdadera crisis personal.
>>Fue entonces cuando recurrí nuevamente al boxeo.
Las razones son claras. Si toda persona aspira a la felicidad.
Si mi mayor deseo es satisfacer mi enorme curiosidad. Si,
a la vez, sé que mi curiosidad no puede ser satisfecha.
¿Deberé, entonces, renunciar a la felicidad?
Posiblemente sí. Pero, al mismo tiempo, aunque la curiosidad
no pueda ser satisfecha, su voraz apetito sí que puede
ser tranquilizado a través del trabajo físico.
¿Qué mejor, por tanto, que buscar una actividad
deportiva violenta como el boxeo que, además de estar
reñida, al margen del cultivo de la agilidad y una
cierta astucia, con el trabajo intelectual, me permite dejar
mi mente en blanco? La curiosidad no puede ser satisfecha,
pero sí ignorada. El mayor problema de nuestra sociedad
actual, y causa casi universal de infelicidad e insatisfacción,
es que pensamos demasiado. Tal es mi opinión, que no
me voy a poner a defender ahora con farragosos argumentos.
Pero está claro que quien pasa hambre o sufre no piensa
demasiado en resolver problemas metafísicos. De modo
que, renunciando precisamente a la metafísica, y cambiándola
por el sufrimiento, puedo alcanzar una cierta calma espiritual
que, de otro modo, no me era posible suponer posible.
>>Así que, cuando me asalta el deseo de meditar
sobre cuestiones trascendentes, me basta con ponerme a entrenar
con el saco, ponerme a correr o saltar, o directamente pegarme
con alguien, para dejar de pensar y simplificar la vida. Si
el único objetivo es mantener entera tu propia cara
y acabar agotado, no hay filosofía ni curiosidad que
valgan. La liberación más accesible para una
mente inquieta y preocupada reside en machacar los propios
músculos, y los ajenos, con una buena somanta de palos
y tu piel llena de sudor y magulladuras.
>>No sé si mis razones habrán quedado
muy claras para los espectadores. En realidad, no me importa
demasiado. Pero, por expresarlo más llanamente, lo
que pretendo es pensar lo menos posible. Dejar a un lado el
intelecto y dejarme invadir por lo exclusivamente vital. Sé
que a muchos lo que les sorprende es, precisamente, que un
intelectual se arriesgue a quedar "sonado" a fuerza
de recibir golpes. Y es posible que así suceda, aunque
no es ése mi objetivo fundamental. En todo caso, la
pérdida de capacidades me liberaría definitivamente
del vacío existencialista, ¿no cree?
Aquí el periodista aprovechó la oportunidad
para hacer un inciso con el que frenar la verborrea del púgil-filósofo.
El locutor se daba perfecta cuenta de que su interlocutor
estaba estropeándole adrede la entrevista. Hasta ahora
había aguantado estoicamente el chaparrón pero
ahora vislumbraba la salida y su pequeña venganza con
respecto al boxeador.
-Supongo que será así -respondió de modo
nada convincente e hizo una nueva pausa, lo bastante breve
para crear expectación y no permitir a Mauro Romero
que recuperase el hilo de sus pensamientos y la palabra-.
Bueno, pues muchas gracias por su amabilidad y espero, de
todo corazón, que sus deseos, que tan claramente ha
expresado para nuestro público -ahora el retintín
en la voz estaba en la frase del locutor-, se cumplan en todos
sus extremos.
-Gracias y adiós -replicó el boxeador, sin interés
aparente, como si no se diera cuenta del doble sentido en
las palabras del entrevistador. Se encogió de hombros
y salió de cuadro.
-Esto es todo desde el Palacio de los Deportes.
El periodista cortó la transmisión y resopló.
Aquel capullo había convertido la entrevista final
en un infierno. Y la mayor parte del público, sin duda,
habría desconectado el televisor ante aquel galimatías
pseudofilosófico. Eso ya lo dirían las audiencias.
Si no fuera porque todavía era capaz de imaginar a
Mauro Romero sonado por completo a fuerza de golpes, después
de haber conseguido su objetivo pugilístico primordial,
estaría de muy pero que muy mal humor.
Juan Luis Monedero
Rodrigo
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