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UNA HISTORIA BIEN
DESGRANADA
Lo que pretendo relatarles a continuación
es un suceso que les parecerá, cuando menos, extraño.
Alguno de ustedes, si no la mayoría, pensará
que mi historia es increíble. Les aseguro que es verídica.
Nadie mejor para asegurárselo que yo mismo, su protagonista.
Digo "mi historia" y hablo con justicia pues, no
en vano, este relato supone una parte muy importante de mi
vida más reciente. Por fortuna, se trata de una historia
del pasado. Me aterra pensar que pueda volver a repetirse.
Me llamo Antonio Pérez Jiménez, soy natural
de Madrid, vigilante nocturno, treinta y dos años,
soltero. Doy estos datos sólo por que puedan confirmarse
mi identidad y los hechos que voy a narrar. Quien los haya
leído dirá: un tipo normal. Por supuesto, salvo
por un pequeño detalle que se remonta a cinco años
atrás y que supone el comienzo de mis peripecias.
El día en que me di cuenta de que tenía un molesto
problema fue el catorce de enero de mil novecientos noventa
y cuatro. En realidad, el problema se remontaba -o eso supuse
yo posteriormente- a cuatro días antes, al diez de
enero. Pero volvamos al catorce, el de la consciencia:
Aquel día, un jueves, me levanté temprano para
lo que es mi costumbre. Después de una noche de trabajo,
me había acostado a las diez del mediodía, de
modo que la hora a la que me desperté, la una de la
tarde, se puede considerar temprana. Me levanté inmediatamente,
molesto por la comezón que notaba en la axila izquierda,
la causa de mi dificultad para conciliar el sueño.
Me levanté, digo, y me fui directo al baño.
Allí me refresqué abundantemente y lavé
con agua fría el bultito rojizo que indicaba la presencia,
bajo mi axila, de un bonito y molesto grano. "¡Mierda
de mosquitos!", tal fue mi primer pensamiento, hasta
que comprendí que los meses invernales no eran los
habituales para que esos molestos insectos actuaran. ¿Algún
otro bicho? ¿Una alergia? ¿El resultado de la
irritación causada por el roce de la ropa? Era difícil
saberlo pero, con un punto de aprensión, decidí
que la alergia parecía una posibilidad plausible y
preocupante. He de decirles aquí que soy un tipo hipocondríaco
al que la idea de enfermedad le aterra y fascina a un tiempo.
De modo que, tras aquella idea que podía ir asociada
a la de urticaria o sarpullido, me desvestí ante el
espejo del baño y analicé minuciosamente mi
cuerpo en busca de algún otro punto rojizo. ¡Blanco!
-¿o debería decir rojo?- Un par de manchitas
púrpura adornaban mi gemelo izquierdo, otro minúsculo
bultito lucía como una medalla bajo mi tetilla derecha
y un último punto rosado se destacaba entre los ralos
pelillos de la barba justo en el ángulo de la quijada.
De este último no sabría decir si era resultado
del afeitado, aunque me inclino más a pensar que era
hermano de los otros, dado que rara vez me salen granos al
afeitarme. Bien, eso suponía un total de cinco granos
semejantes entre sí de los cuales sólo el primero,
quizá por su situación, se había vuelto
lo bastante molesto como para llamar mi atención.
Hasta aquí todo parece normal, ¿verdad? Pues
eso mismo pensé yo. Cinco granitos de dudoso origen,
de los que sólo uno me picaba, no habían de
ser motivo de preocupación. Pero, ¡ja!, qué
más hubiera querido yo que ahí terminaran todos
mis problemas. Me di un poco de crema en cada uno de los granos
y traté de olvidarme de ellos, seguro de que, tras
unos días, desaparecerían sin más. En
honor a la verdad, he de decir que ni aquella pomada ni ninguno
de los otros productos calmantes con que me traté posteriormente
los granos fueron en absoluto efectivos. Si bien el picor
se suavizaba momentáneamente, poco a poco cada grano
reclamaba nuevamente mi atención. De hecho, incluso
aquellos granos cuya presencia ignoraba, empezaron a picarme
aquel mismo día aunque, claro está, estos nuevos
picores podían ser resultado de mi simple sugestión.
En días sucesivos, el problema pareció agravarse,
lo cual no significa que yo me sintiera más preocupado.
Es más, por aquel entonces, yo todavía no sabía
que tenía un problema. El sexto día, cuando
fui a darme crema en mis cinco granos, descubrí uno
más plantado entre dos costillas. El séptimo
día, sábado, un molesto huésped apareció
bajo mi talón derecho, dispuesto a quejarse cada vez
que daba un simple paso. El domingo fue mi día libre,
y procuré ignorar la picazón. Toda la semana
siguiente, comprobé la sucesiva aparición de
nuevos puntitos rojos, sin que eso supusiera la desaparición
de ninguno de los anteriores. Fue al llegar un nuevo domingo
cuando decidí prestar una mayor atención a mis
molestos acompañantes. Otra vez, me planté frente
al espejo y exploré todo mi cuerpo, tratando de determinar
la extensión del mal. Hice, incluso, un exhaustivo
recuento que arrojó un valor global ciertamente curioso:
quince hermosos granos se distribuían de manera azarosa
por todo mi cuerpo. El lunes, nada más comprobar que
un hermoso divieso, duro y puntiagudo, adornaba el extremo
de mi nariz, repetí el examen, lo que me sirvió
para comprobar que el punto rojo en la punta de la nariz era
el número dieciséis de la progresión.
La verdad es que aquel dato comenzaba a preocuparme. ¿Acaso
ocurría que cada día se añadía
un único grano a la colección que ya me adornaba
por doquier?
Ya he confesado de antemano mi carácter hipocondríaco,
de manera que a nadie sorprenderá que mi preocupación
fuera tanto por la gravedad de la posible enfermedad que comenzaba
a afectarme como por la posibilidad de que el trastorno fuera
mental y aquella idea del grano diario formase parte de una
extraña obsesión mía. No obstante mis
temores, procuré mantener la serenidad y comprobar
metódicamente -como sólo un neurótico
puede hacer- la evolución de mi mal. Ese mismo lunes
registré concienzudamente la posición y tamaño
de cada uno de los granos. Es más, cada bultito contabilizado
recibía una pincelada de yodo para evitar fallos en
el conteo. El resultado sencillo: total, dieciséis
granos; tamaño medio, un centímetro cuadrado,
aproximadamente. Dieciséis, tantos granos nuevos -once-
como días llevaba yo prestándoles atención
desde aquel fatídico jueves de enero. No me conformé
con aquel examen. Aunque pretendía mantener mi serenidad
y no obsesionarme inútil y estúpidamente con
aquel asunto, lo cierto es que le presté una atención
y preocupación casi continuas. El martes repetí
el recuento. Total: diecisiete granos rojizos, con uno añadido
sobre el hombro izquierdo. Miércoles, dieciocho. Las
predicciones se cumplían.
A todo esto, para este punto de la "enfermedad"
la comezón se había vuelto realmente molesta.
Dieciocho granos, de tamaño considerable y dureza variable,
son muchos granos. Bastantes, en todo caso, para producir
un picor de lo más incómodo, picor que, por
desgracia, no terminaba de calmarse con los mil ungüentos
que probaba sobre ellos. Entonces, cuando el jueves contabilicé
el bultito número diecinueve, decidí acudir,
por fin, al médico.
Mi relación con los médicos es extraña.
En ella se mezclan un temor concreto con una veneración
difícil de explicar. Pese a mis múltiples aprensiones,
no soy de los que acuden al doctor a la más mínima
molestia. En cierto modo, siempre confío en que mis
males sean ficticios, fruto, en cierta medida, de mi imaginación.
Siempre confío, de un modo apenas consciente, en que
el problema desaparecerá de repente, demostrándome
que no era tal problema. Por eso, para mí acudir al
médico es una suerte de fracaso, la confirmación
de que mis aprensiones son más fuertes que mi salud.
Por otra parte, como los médicos ya me conocen, siempre
me observan con una expresión entre divertida y curiosa,
como si esperasen con interés la descripción
-siempre pormenorizada y supongo que entretenida- de mi nueva
enfermedad. Esta vez no fue la excepción y doña
Marina, mi médico de cabecera, me sonrió ampliamente
nada más cruzar el umbral de su consulta.
-Hombre, si es mi amigo Antonio -me dijo con sincera amabilidad-.
Ya empezaba a preocuparme no verlo por aquí.
Los médicos siempre dan por supuesto que en los neuróticos
la práctica de sus manías es una demostración
de salud física. La prolongada ausencia de un hipocondríaco
como yo en su consulta era un signo preocupante para la doctora
Peinado. Evidentemente, interpretó mi visita como un
síntoma de que todo volvía a ir bien para mí.
De hecho, tampoco mostró el menor atisbo de duda cuando
le mostré las huellas de mi mal. Mi aspecto y mi preocupación
creo yo que la divertían. Cuando le dije que me salía
un grano más cada día, estuvo a punto de soltar
la carcajada, pero se contuvo y aun fue capaz de mantener
una expresión casi seria en su rostro. Se limitó
a recetarme una nueva pomada y unos polvos que, según
ella, calmarían la comezón. Si el problema persistía,
me pidió que volviera y ya se harían algunas
pruebas. Por el tono que empleó, estaba claro que no
pensaba en volverme a ver por allí nuevamente para
una consulta sobre mi sarpullido. No obstante, sabiendo que
no tardaría mucho en tener alguna otra enfermedad,
se despidió de mí con un sonriente "hasta
pronto".
No se equivocaba la doctora al pensar que volvería.
Para mí desgracia, sí se confundió al
suponer que sería por un problema distinto. Me di las
cremas y los polvos que me recetó, y me armé
de paciencia esperando una recuperación lenta, con
una progresiva desaparición de los granos. Pero todo
fue inútil. Una semana después de mi visita
a la doctora Peinado, es decir, el jueves cuatro de febrero,
había veintiséis abones rojizos sobre mi cuerpo.
El tratamiento no había sido efectivo en absoluto.
De manera que volví a la consulta, y he de reconocer
que esta vez la médica se mostró más
interesada por el asunto y hasta preocupada sinceramente por
mis picores.
-Debe de tratarse de alguna manifestación alérgica
-pronunció ex catedra, aunque no por ello creció
mi confianza en ella.
Me recetó un nuevo ungüento y me concertó
una cita con el alergólogo del hospital más
próximo. Debían hacerme algunas pruebas, según
dijo, para determinar las causas de mi urticaria. Como yo
ya me conocía algunas de esas pruebas, me resigné
a ver mis brazos sometidos a cortes y pinchazos por doquier,
y a tomar todas las pócimas que fuera menester, con
tal de librarme de los cada vez más incómodos
picores.
No fue hasta llegar al grano número cien cuando el
especialista reconoció su fracaso:
-No hemos encontrado nada -anunció, recurriendo al
plural de modestia para dulcificar un poco el peso de su propia
responsabilidad-. Habrá que hacer otro tipo de pruebas
-añadió en un tono tan amable que, por un momento,
me hizo olvidar la amenaza de nuevas torturas que se escondía
tras sus palabras-. Es más, no debería descartarse
que la causa de su problema fuera de otra índole. Se
me ocurre que puede tratarse de algún extraño
caso de autoinmunidad o, quién sabe, de alguna desconocida
enfermedad viral.
Pese a la jerga utilizada, no se me escapaba el hecho de que
el buen hombre no hacía más que dar palos de
ciego, al buen tuntún, sin saber cuál era el
paso próximo que convenía seguir. Me propuso
para una interminable lista de nuevas pruebas y, entretanto,
me recetó toda una porción de potingues que,
pese a la abundancia de medicamentos específicos que
ya había usado, me resultaron por completo desconocidos.
Armado de paciencia, aunque con cierta desconfianza, los fui
probando y descartando todos, al irme dando cuenta de que
uno tras otro fracasaban a la hora de atenuar la comezón.
Así transcurrieron un par de meses más, entre
pruebas y mejunjes. No digo que tras esos dos meses el asunto
mejorara. Si establezco una diferencia entre esos meses y
los siguientes es tan sólo porque a partir de entonces
abandoné definitivamente la contabilidad de mis granos.
El día veintiuno de junio de mil novecientos noventa
y cuatro fue el último en que contabilicé mis
granos: ciento sesenta y tres, justo el valor esperado si
desde el diez de enero se hubiera producido el predicho incremento
de una unidad diaria en mis picores. A partir de entonces,
me desentendí de las simples cifras. Comprobada mi
hipótesis, poco me importaba que el número siguiera
aumentando con igual precisión día tras día.
Lo único que podía haber llamado mi atención,
habría sido una reducción en la picazón,
la pérdida de tamaño de los molestos bultitos
o su deseada desaparición.
Diré, para información de quien tenga interés,
que mis males no terminaron entonces ni aun mucho después.
Señalaré, asimismo, que a mediados de junio
mi aspecto era un tanto desagradable, pero no puede decirse
que tuviera todo el cuerpo lleno de granos. El número
impresiona, bien es verdad, pero su aspecto era menos espectacular
que la cifra. Si tenemos en cuenta el tamaño de mis
granos y el hecho de que cada ser humano tiene poco más
o menos un par de metros cuadrados de piel, susceptibles de
acumular granos, se llegará a la conclusión
de que aún me faltaban muchos puntitos para alcanzar
la completa saturación.
Para entonces, eso sí, mi desconfianza con respecto
de la eficacia que la medicina pudiera tener en resolver mi
problema se había vuelto nula. Pero, como la alternativa
a los médicos era poco menos que la desesperación,
los dejé proseguir con sus torturas hasta el final.
Que nadie piense, sin embargo, que yo me quedaba de manos
cruzadas, dejando en manos de la providencia o de los matasanos
la resolución de mi mal. Aunque estaba convencido de
que el poder de la medicina y el de la oración sobre
mi enfermedad era el mismo, es decir, nulo, mis esfuerzos
por sanar no se limitaron a la ayuda externa. Admito que llegué
a recurrir a las medicinas alternativas y a los curanderos.
Fracasé. Alguno dirá que por mi falta de fe.
Mi opinión es que, si la salud depende de la fe, igual
se puede alcanzar a través de una fe ciega en la medicina
tradicional, que al menos procura explicar lo que pretende
conseguir y cómo, aunque se equivoque. No es que quiera
defender a los médicos que, como ya he dicho, no me
curaron pero, cuando menos, me salieron bastante más
baratos -ya que se trataba de la sanidad pública- que
los sacacuartos milagreros en cuyas manos tuve la desgracia
de caer.
Ya antes de comprobar que nadie era capaz de resolver mis
males, había decidido que lo mejor para mí sería
recurrir a mi propia ayuda. De modo que hice mil y un intentos
por localizar el origen de mi mal y atajarlo de una vez. Se
me ocurrió que podía ser el desagradable obsequio
de algún bichejo -insecto, arácnido o similar-
con la inoportuna costumbre de saciar diariamente su apetito
en mi piel. Aunque no fui capaz de localizar bicho alguno
al que pudiera considerar responsable de mis innumerables
abones, ni pude identificar positivamente ninguna marca como
un picotazo, masacré a varios centenares de insectos,
rociando una y otra vez mi casa, mis prendas y mis utensilios
con insecticidas y venenos. Me deshice de mis macetas, no
fuera que mis plantas fueran las portadoras de mi urticaria
progresiva. De nada sirvió. Cambié mis ropas,
mi cama, mis hábitos alimenticios, mi detergente, el
ambientador, el desodorante, la afeitadora por la maquinilla
de cuchillas, la maquinilla por la navaja, dejé de
afeitarme, convirtiendo mi barbilla en un amasijo de pelos
y granos alternos. Sin resultado. Cambié de lugar de
trabajo, cambié de horario y hasta cambié de
ocupación, abandonando la comodidad de la vigilancia
nocturna por el aburrimiento de ser vigilante de día
en un centro comercial. Todo para nada. Alteré mis
costumbres, mi forma de comportarme, los sitios que frecuentaba,
incluso perdí algunas amistades. Si era una cuestión
de estrés o de unos hábitos inadecuados, estaba
dispuesto a acabar con ellos. Pero nada. ¡Y no se me
ocurría qué más podía hacer para
acabar con todo ello! Llegué a plantearme la posibilidad
de cambiar de piso y, así, también de aires.
Tuve vacaciones que no me proporcionaron tranquilidad. Me
notaba nervioso y cansado. Todo el mundo ha comprobado lo
molestos que son algunos granos que, incluso, pueden dificultar
el sueño. Pues imagínense mi caso con docenas
de granos que me causaban picores y dolores por todo el cuerpo.
Tomé mil pócimas y me unté mil potingues
inútiles. Pero ninguno acababa con los picores ni reducía
en absoluto el tamaño de los granos. ¿Qué
me quedaba hacer? Sinceramente, no lo sabía. De manera
que dejaba a los demás -médicos y curanderos-
que hicieran conmigo lo que quisieran. Hubo incluso un doctor,
un famoso dermatólogo apellidado Beltrán, no
sé si lo conocerán, que me llevó a un
congreso y me presentó como una maravilla de feria,
algo así como la mujer barbuda de la dermatología
moderna.
No merece la pena proseguir con el relato de mis inútiles
intentos de mejoría. Tampoco voy a describir mi desesperación
ni voy a contar cómo se vio afectada mi existencia
día a día en cada uno de sus más ínfimos
detalles. Dejo eso para la imaginación de todo aquel
que guste de emplearla. Como sólo pretendo hacer el
relato de unos hechos, se me permitirá que, a partir
de ahora, acelere el ritmo de mi narración hasta llegar
al punto de inflexión que me interesa.
Baste señalar que la progresión de mi enfermedad
duró casi cinco años. Sí, justo hasta
mediados de mil novecientos noventa y nueve. Ya he dicho que
abandoné la contabilidad granujienta, pero pueden imaginarse
cuál sería mi aspecto al cabo de esos cinco
años. Supongo que si alguien hubiera grabado mi evolución
a cámara rápida, habría podido mostrar
la película de un hombre normal que acaba convirtiéndose
en... "grano". Si antes he mencionado la cuestión
del espacio, cualquier persona puede calcular cuál
sería el número de mis granos al final de mi
enfermedad. Efectivamente, algo menos de dos mil granos. Si
hacen cálculos, verán que, pese a todo, aún
quedaría espacio para alguno más en la piel
de un hombre. Por suerte, no tuve ocasión de comprobar
este punto. La pregunta es obvia: ¿cómo pude
soportar cinco años sometido a la tortura de los picores
y dolores causados por tanto bultito rojo? Es fácil
responder: muy malamente. Tampoco es sorprendente mi resistencia.
Uno puede habituarse a casi todo. No es que viviera normalmente
sino al contrario, pero los males progresivos son asimilados
por nuestra amplia capacidad de resignación. Está
claro que la enfermedad afectó muy mucho a mis relaciones
sociales y a mi trabajo. Pero no tengo ánimo como para
recordar todo lo que perdí durante aquel tiempo.
A alguien le podría sorprender la seguridad con que
afirmo que ningún grano desaparecía. He dicho
que no llevaba ya una contabilidad de las dimensiones numéricas
del problema. Pero eso no quiere decir que no les prestase
atención a mis granos. Constituían, de hecho,
mi única preocupación verdadera. A muchos de
ellos los conocía perfectamente y los tenía
perfectamente situados en mi anatomía desde su aparición.
Sucedía, particularmente, con los más antiguos,
viejos conocidos, enemigos de confianza que me saludaban todas
las mañanas ante el espejo. Además, cualitativamente,
saltaba a la vista que la densidad de mi urticaria se hacía
mayor de mes en mes, siempre a un ritmo gradual y continuado.
Al cabo del primer año, mi aspecto era parecido al
de un paciente de varicela. Tras el segundo, parecía
afectado de viruelas, aunque mis granos no eran tan dolorosos
-o eso creo- ni se convirtieron en pústulas. Tras el
tercero, los símiles pierden eficacia. Al concluir
el cuarto, resultaba difícil discernir a simple vista
donde acababa un grano y comenzaba el siguiente. Todo yo:
mi cuerpo, mi cabeza, mis brazos y piernas...sí, también
mi miembro viril, mostraban una tonalidad rojiza y mi piel
aparecía distendida por una general hinchazón
que la volvía brillante. Sin embargo, había
sitio de sobra para más granos, lo cual pude comprobar
durante el quinto año. No era raro que alguna mañana,
al saludar a viejos conocidos de los que decoraban desde antiguo
trozos de mi piel por todo el cuerpo, descubriera entre dos
vecinos un nuevo convidado, autoinvitado a ocupar una minúscula
parcela de tejido. Como ya dije, mi aspecto al cabo de ese
quinto año es difícil de describir y lo más
apropiado que se me ocurre es asimilarlo al de un enorme grano
que constituía la mayor parte de mi piel, un hombre
cubierto por una coraza de granos. Sí, a qué
negarlo, me había convertido en una especie de monstruo
granujiento.
Siento desilusionar a los morbosos, pero no voy a proseguir
con la descripción de mi aspecto ni de mis problemas.
Lamento que alguno no reciba, por el momento, la ración
de repugnancia que esperaba. Tampoco me ofendo por inspirar
asco. Siempre es mejor -al menos yo lo veo así- que
inspirar lástima. Pero, en fin, aquí no pretendo
moralizar. Así que, para proporcionar cierta alegría
a los morbosos, paso a describir, a continuación, el
desenlace de mi historia, una parte de la misma que tal vez
satisfaga a los más recalcitrantes de entre ellos.
He dicho que transcurrieron cinco años de incremento
gradual y progresivo de mi mal. No es del todo exacto. Por
ser más preciso, diré que fueron cinco años,
tres meses y dos días. El final de mi historia se sitúa
el día once de abril de mil novecientos noventa y nueve.
Retrocederé, no obstante, una semana, al día
cuatro, que fue cuando comenzó a perfilarse el cambio,
aunque yo no podía aún imaginar cuál
iba a ser la conclusión. Ya que he dado cifras, proporcionaré
a los curiosos -y a los perezosos que no han pensado siquiera
en realizarlo ellos mismos- el resultado de un sencillo cálculo.
Durante el periodo señalado y hasta el comienzo del
desenlace -cuatro de abril- mi cuerpo llegó a acumular
la nada despreciable cifra de mil novecientos doce granos
-siempre que no me equivoque y la progresión fuera
aritmética, como supongo-. Que imagine quien quiera
lo que puede ser tener tantos granos en su cuerpo y convivir
con un número creciente durante cinco años de
agonía. Yo, por mi parte, ya me sitúo en el
día cuatro de abril del noventa y nueve.
Si alguien había pensado que mi mal no podía
empeorar, se equivocaba. Aquel día, domingo por más
señas, mi tormento se tornó insoportable. ¿Cómo?
Sencillo de explicar, no tanto de describir. Tras una noche
más intranquila de lo habitual, me desperté
a eso de las cinco de la madrugada, devorado por una mezcla
de dolor y picor, bañado en sudor. Me fui al baño
y, como ya es mi costumbre, me coloqué ante el espejo,
desnudo. Al ver mi imagen en el espejo, y pese a cinco años
en que debía haberme acostumbrado a todo, tuve que
ahogar un grito para no escandalizar al vecindario. Mi imagen
era más espantosa de lo habitual. El tono rojizo de
los granos se había tornado blancuzco. Las pequeñas
inflamaciones familiares se habían convertido en pústulas
duras, de punta afilada y blanca, llenas de pus. Me quedé
paralizado, sin saber que hacer. Llamé al trabajo para
decir que no podía ir. Llamé a mi médica
de cabecera, también a mi dermatólogo. Ambos
acudieron ipso facto para dictaminar, con su habitual seguridad,
que era evidente que se había producido un cambio en
mi enfermedad. Eso también lo sabía yo sin necesidad
de su ayuda. Me recetaron unos cuantos ungüentos y se
fueron. No podían hacer nada más por mí.
He de decir que ambos se mostraron reticentes a abandonarme.
Dado mi carácter de hombre fenómeno, los dos
se habrían quedado a mi lado bien dispuestos a contemplar
el espectáculo de mi evolución y hasta creo
que habrían pagado por poder asistir a los cambios
sucesivos, pero yo no se lo permití. ¡Bastante
desgracia era la mía como para servir, además,
de diversión a los galenos!
De todos modos, yo no sabía lo que me esperaba. Tuve
que permanecer cuatro días en cama, preso de insufribles
dolores. Las pústulas se endurecían y sus extremos
se convertían en aguzadas puntas blancas. Crecían
de tamaño, como si acumularan en su interior algún
tipo de veneno que rodeaban de pus. Por alguna razón,
se me ocurrió pensar que me estaba curando. Tal vez
era un simple resultado de mezclar mi desesperación
y mis insufribles dolores, pero todo el mundo sabe que los
granos, en ocasiones, se transforman en ampollas y luego desaparecen.
Casi deseaba convertirme en el "hombre-pústula"
si así sanaba. Y lo cierto es que, tras cuatro días
de auténtica agonía, al quinto me convertí
en la "ampolla humana", con todo mi cuerpo cubierto
de diminutas burbujas líquidas y brillantes. Para mi
desgracia, aún faltaba lo peor. Porque aquella misma
tarde todas las pústulas reventaron al unísono,
como si estuvieran programadas o sincronizadas para ello.
El dolor de aquel instante fue indescriptible y se extendió,
como una reminiscencia de sí mismo, a lo largo de unos
minutos eternos. Una mezcla de humores -un suero acuoso, una
pus grasienta, diminutas gotitas de sangre- se unió
con el sudor de mi cuerpo, bañándome en una
baba inmunda. Pero, inesperadamente, el dolor pasó.
No desapareció del todo, pero quedó reducido
a unos niveles tolerables, tanto como ya no recordaba que
pudieran existir. La ropa de mi cama quedó empapada
y el olor era realmente nauseabundo. Mi primer impulso, una
vez liberado del tormento, fue meterme en el baño y
ducharme con agua bien fría que arrastrase toda aquella
inmundicia. Fue una sensación sumamente agradable.
Tras el baño, me observé en el espejo. Mi aspecto
era monstruoso, con todo mi cuerpo cubierto por llagas. Daba
la impresión de que alguien -un sádico o un
demente- se hubiera empeñado en despellejarme en diminutas
tiras. Sinceramente, no me importó. Ni aun hoy en día
me importa ver mi cuerpo cubierto por completo de horribles
señales, semejantes a los hoyuelos de la viruela. El
dolor había desaparecido.
Los siguientes pasos fueron más o menos obvios, previsibles.
Llamé a mis médicos, pues no me sentía
con fuerzas como para acudir hasta ellos. Eché la ropa
de mi cama a lavar y me coloqué un ligero pijama limpio
para tapar mis vergüenzas. Vinieron a mi casa varios
especialistas. De hecho, yo no los conocía a todos.
Me observaron minuciosamente y fueron emitiendo sus veredictos
que, a mi parecer, no eran correctos ni coincidentes de unos
a otros. He de agradecerles, eso sí, que tratasen mis
llagas y me mandasen un nuevo ungüento con el que, inesperadamente,
sí desaparecieron las últimas molestias y terminaron
de curarse las heridas.
Desde entonces, soy feliz. La gente no me lo dice, pero sé
que soy bastante más feo que antes. Supongo que se
me podría llamar monstruo, pues verme no es en absoluto
agradable. Pero me he deshecho de la terrible comezón,
de la rutina de los granos. ¿Qué más
puedo desear? Poco me importa haber quedado desfigurado. Lo
único que temo es que, de algún modo, retorne
la enfermedad. Nunca supe su causa; nunca su desencadenante.
Nunca su cura. Sólo con imaginar que vuelvo a ver mi
cuerpo punteado de granos, se me pone de gallina la carne
de mi irregular piel. Creo, sinceramente, que no sería
capaz de soportarlo de nuevo. Y, aunque no soy en absoluto
creyente, desde mi curación, rezo cada día -a
alguien, a algún dios, a todos ellos- para pedir que
nunca sufra una recaída en mi mal. Y me gustaría
creer que este es el final de la historia que pretendía
contar.
Juan Luis Monedero
Rodrigo
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