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Juan Luis Monedero Rodrigo juanlu2601@yahoo.com

UNA HISTORIA BIEN DESGRANADA


Lo que pretendo relatarles a continuación es un suceso que les parecerá, cuando menos, extraño. Alguno de ustedes, si no la mayoría, pensará que mi historia es increíble. Les aseguro que es verídica. Nadie mejor para asegurárselo que yo mismo, su protagonista. Digo "mi historia" y hablo con justicia pues, no en vano, este relato supone una parte muy importante de mi vida más reciente. Por fortuna, se trata de una historia del pasado. Me aterra pensar que pueda volver a repetirse.
Me llamo Antonio Pérez Jiménez, soy natural de Madrid, vigilante nocturno, treinta y dos años, soltero. Doy estos datos sólo por que puedan confirmarse mi identidad y los hechos que voy a narrar. Quien los haya leído dirá: un tipo normal. Por supuesto, salvo por un pequeño detalle que se remonta a cinco años atrás y que supone el comienzo de mis peripecias.
El día en que me di cuenta de que tenía un molesto problema fue el catorce de enero de mil novecientos noventa y cuatro. En realidad, el problema se remontaba -o eso supuse yo posteriormente- a cuatro días antes, al diez de enero. Pero volvamos al catorce, el de la consciencia:
Aquel día, un jueves, me levanté temprano para lo que es mi costumbre. Después de una noche de trabajo, me había acostado a las diez del mediodía, de modo que la hora a la que me desperté, la una de la tarde, se puede considerar temprana. Me levanté inmediatamente, molesto por la comezón que notaba en la axila izquierda, la causa de mi dificultad para conciliar el sueño. Me levanté, digo, y me fui directo al baño. Allí me refresqué abundantemente y lavé con agua fría el bultito rojizo que indicaba la presencia, bajo mi axila, de un bonito y molesto grano. "¡Mierda de mosquitos!", tal fue mi primer pensamiento, hasta que comprendí que los meses invernales no eran los habituales para que esos molestos insectos actuaran. ¿Algún otro bicho? ¿Una alergia? ¿El resultado de la irritación causada por el roce de la ropa? Era difícil saberlo pero, con un punto de aprensión, decidí que la alergia parecía una posibilidad plausible y preocupante. He de decirles aquí que soy un tipo hipocondríaco al que la idea de enfermedad le aterra y fascina a un tiempo. De modo que, tras aquella idea que podía ir asociada a la de urticaria o sarpullido, me desvestí ante el espejo del baño y analicé minuciosamente mi cuerpo en busca de algún otro punto rojizo. ¡Blanco! -¿o debería decir rojo?- Un par de manchitas púrpura adornaban mi gemelo izquierdo, otro minúsculo bultito lucía como una medalla bajo mi tetilla derecha y un último punto rosado se destacaba entre los ralos pelillos de la barba justo en el ángulo de la quijada. De este último no sabría decir si era resultado del afeitado, aunque me inclino más a pensar que era hermano de los otros, dado que rara vez me salen granos al afeitarme. Bien, eso suponía un total de cinco granos semejantes entre sí de los cuales sólo el primero, quizá por su situación, se había vuelto lo bastante molesto como para llamar mi atención.
Hasta aquí todo parece normal, ¿verdad? Pues eso mismo pensé yo. Cinco granitos de dudoso origen, de los que sólo uno me picaba, no habían de ser motivo de preocupación. Pero, ¡ja!, qué más hubiera querido yo que ahí terminaran todos mis problemas. Me di un poco de crema en cada uno de los granos y traté de olvidarme de ellos, seguro de que, tras unos días, desaparecerían sin más. En honor a la verdad, he de decir que ni aquella pomada ni ninguno de los otros productos calmantes con que me traté posteriormente los granos fueron en absoluto efectivos. Si bien el picor se suavizaba momentáneamente, poco a poco cada grano reclamaba nuevamente mi atención. De hecho, incluso aquellos granos cuya presencia ignoraba, empezaron a picarme aquel mismo día aunque, claro está, estos nuevos picores podían ser resultado de mi simple sugestión.
En días sucesivos, el problema pareció agravarse, lo cual no significa que yo me sintiera más preocupado. Es más, por aquel entonces, yo todavía no sabía que tenía un problema. El sexto día, cuando fui a darme crema en mis cinco granos, descubrí uno más plantado entre dos costillas. El séptimo día, sábado, un molesto huésped apareció bajo mi talón derecho, dispuesto a quejarse cada vez que daba un simple paso. El domingo fue mi día libre, y procuré ignorar la picazón. Toda la semana siguiente, comprobé la sucesiva aparición de nuevos puntitos rojos, sin que eso supusiera la desaparición de ninguno de los anteriores. Fue al llegar un nuevo domingo cuando decidí prestar una mayor atención a mis molestos acompañantes. Otra vez, me planté frente al espejo y exploré todo mi cuerpo, tratando de determinar la extensión del mal. Hice, incluso, un exhaustivo recuento que arrojó un valor global ciertamente curioso: quince hermosos granos se distribuían de manera azarosa por todo mi cuerpo. El lunes, nada más comprobar que un hermoso divieso, duro y puntiagudo, adornaba el extremo de mi nariz, repetí el examen, lo que me sirvió para comprobar que el punto rojo en la punta de la nariz era el número dieciséis de la progresión. La verdad es que aquel dato comenzaba a preocuparme. ¿Acaso ocurría que cada día se añadía un único grano a la colección que ya me adornaba por doquier?
Ya he confesado de antemano mi carácter hipocondríaco, de manera que a nadie sorprenderá que mi preocupación fuera tanto por la gravedad de la posible enfermedad que comenzaba a afectarme como por la posibilidad de que el trastorno fuera mental y aquella idea del grano diario formase parte de una extraña obsesión mía. No obstante mis temores, procuré mantener la serenidad y comprobar metódicamente -como sólo un neurótico puede hacer- la evolución de mi mal. Ese mismo lunes registré concienzudamente la posición y tamaño de cada uno de los granos. Es más, cada bultito contabilizado recibía una pincelada de yodo para evitar fallos en el conteo. El resultado sencillo: total, dieciséis granos; tamaño medio, un centímetro cuadrado, aproximadamente. Dieciséis, tantos granos nuevos -once- como días llevaba yo prestándoles atención desde aquel fatídico jueves de enero. No me conformé con aquel examen. Aunque pretendía mantener mi serenidad y no obsesionarme inútil y estúpidamente con aquel asunto, lo cierto es que le presté una atención y preocupación casi continuas. El martes repetí el recuento. Total: diecisiete granos rojizos, con uno añadido sobre el hombro izquierdo. Miércoles, dieciocho. Las predicciones se cumplían.
A todo esto, para este punto de la "enfermedad" la comezón se había vuelto realmente molesta. Dieciocho granos, de tamaño considerable y dureza variable, son muchos granos. Bastantes, en todo caso, para producir un picor de lo más incómodo, picor que, por desgracia, no terminaba de calmarse con los mil ungüentos que probaba sobre ellos. Entonces, cuando el jueves contabilicé el bultito número diecinueve, decidí acudir, por fin, al médico.
Mi relación con los médicos es extraña. En ella se mezclan un temor concreto con una veneración difícil de explicar. Pese a mis múltiples aprensiones, no soy de los que acuden al doctor a la más mínima molestia. En cierto modo, siempre confío en que mis males sean ficticios, fruto, en cierta medida, de mi imaginación. Siempre confío, de un modo apenas consciente, en que el problema desaparecerá de repente, demostrándome que no era tal problema. Por eso, para mí acudir al médico es una suerte de fracaso, la confirmación de que mis aprensiones son más fuertes que mi salud. Por otra parte, como los médicos ya me conocen, siempre me observan con una expresión entre divertida y curiosa, como si esperasen con interés la descripción -siempre pormenorizada y supongo que entretenida- de mi nueva enfermedad. Esta vez no fue la excepción y doña Marina, mi médico de cabecera, me sonrió ampliamente nada más cruzar el umbral de su consulta.
-Hombre, si es mi amigo Antonio -me dijo con sincera amabilidad-. Ya empezaba a preocuparme no verlo por aquí.
Los médicos siempre dan por supuesto que en los neuróticos la práctica de sus manías es una demostración de salud física. La prolongada ausencia de un hipocondríaco como yo en su consulta era un signo preocupante para la doctora Peinado. Evidentemente, interpretó mi visita como un síntoma de que todo volvía a ir bien para mí. De hecho, tampoco mostró el menor atisbo de duda cuando le mostré las huellas de mi mal. Mi aspecto y mi preocupación creo yo que la divertían. Cuando le dije que me salía un grano más cada día, estuvo a punto de soltar la carcajada, pero se contuvo y aun fue capaz de mantener una expresión casi seria en su rostro. Se limitó a recetarme una nueva pomada y unos polvos que, según ella, calmarían la comezón. Si el problema persistía, me pidió que volviera y ya se harían algunas pruebas. Por el tono que empleó, estaba claro que no pensaba en volverme a ver por allí nuevamente para una consulta sobre mi sarpullido. No obstante, sabiendo que no tardaría mucho en tener alguna otra enfermedad, se despidió de mí con un sonriente "hasta pronto".
No se equivocaba la doctora al pensar que volvería. Para mí desgracia, sí se confundió al suponer que sería por un problema distinto. Me di las cremas y los polvos que me recetó, y me armé de paciencia esperando una recuperación lenta, con una progresiva desaparición de los granos. Pero todo fue inútil. Una semana después de mi visita a la doctora Peinado, es decir, el jueves cuatro de febrero, había veintiséis abones rojizos sobre mi cuerpo. El tratamiento no había sido efectivo en absoluto. De manera que volví a la consulta, y he de reconocer que esta vez la médica se mostró más interesada por el asunto y hasta preocupada sinceramente por mis picores.
-Debe de tratarse de alguna manifestación alérgica -pronunció ex catedra, aunque no por ello creció mi confianza en ella.
Me recetó un nuevo ungüento y me concertó una cita con el alergólogo del hospital más próximo. Debían hacerme algunas pruebas, según dijo, para determinar las causas de mi urticaria. Como yo ya me conocía algunas de esas pruebas, me resigné a ver mis brazos sometidos a cortes y pinchazos por doquier, y a tomar todas las pócimas que fuera menester, con tal de librarme de los cada vez más incómodos picores.
No fue hasta llegar al grano número cien cuando el especialista reconoció su fracaso:
-No hemos encontrado nada -anunció, recurriendo al plural de modestia para dulcificar un poco el peso de su propia responsabilidad-. Habrá que hacer otro tipo de pruebas -añadió en un tono tan amable que, por un momento, me hizo olvidar la amenaza de nuevas torturas que se escondía tras sus palabras-. Es más, no debería descartarse que la causa de su problema fuera de otra índole. Se me ocurre que puede tratarse de algún extraño caso de autoinmunidad o, quién sabe, de alguna desconocida enfermedad viral.
Pese a la jerga utilizada, no se me escapaba el hecho de que el buen hombre no hacía más que dar palos de ciego, al buen tuntún, sin saber cuál era el paso próximo que convenía seguir. Me propuso para una interminable lista de nuevas pruebas y, entretanto, me recetó toda una porción de potingues que, pese a la abundancia de medicamentos específicos que ya había usado, me resultaron por completo desconocidos. Armado de paciencia, aunque con cierta desconfianza, los fui probando y descartando todos, al irme dando cuenta de que uno tras otro fracasaban a la hora de atenuar la comezón.
Así transcurrieron un par de meses más, entre pruebas y mejunjes. No digo que tras esos dos meses el asunto mejorara. Si establezco una diferencia entre esos meses y los siguientes es tan sólo porque a partir de entonces abandoné definitivamente la contabilidad de mis granos. El día veintiuno de junio de mil novecientos noventa y cuatro fue el último en que contabilicé mis granos: ciento sesenta y tres, justo el valor esperado si desde el diez de enero se hubiera producido el predicho incremento de una unidad diaria en mis picores. A partir de entonces, me desentendí de las simples cifras. Comprobada mi hipótesis, poco me importaba que el número siguiera aumentando con igual precisión día tras día. Lo único que podía haber llamado mi atención, habría sido una reducción en la picazón, la pérdida de tamaño de los molestos bultitos o su deseada desaparición.
Diré, para información de quien tenga interés, que mis males no terminaron entonces ni aun mucho después. Señalaré, asimismo, que a mediados de junio mi aspecto era un tanto desagradable, pero no puede decirse que tuviera todo el cuerpo lleno de granos. El número impresiona, bien es verdad, pero su aspecto era menos espectacular que la cifra. Si tenemos en cuenta el tamaño de mis granos y el hecho de que cada ser humano tiene poco más o menos un par de metros cuadrados de piel, susceptibles de acumular granos, se llegará a la conclusión de que aún me faltaban muchos puntitos para alcanzar la completa saturación.
Para entonces, eso sí, mi desconfianza con respecto de la eficacia que la medicina pudiera tener en resolver mi problema se había vuelto nula. Pero, como la alternativa a los médicos era poco menos que la desesperación, los dejé proseguir con sus torturas hasta el final. Que nadie piense, sin embargo, que yo me quedaba de manos cruzadas, dejando en manos de la providencia o de los matasanos la resolución de mi mal. Aunque estaba convencido de que el poder de la medicina y el de la oración sobre mi enfermedad era el mismo, es decir, nulo, mis esfuerzos por sanar no se limitaron a la ayuda externa. Admito que llegué a recurrir a las medicinas alternativas y a los curanderos. Fracasé. Alguno dirá que por mi falta de fe. Mi opinión es que, si la salud depende de la fe, igual se puede alcanzar a través de una fe ciega en la medicina tradicional, que al menos procura explicar lo que pretende conseguir y cómo, aunque se equivoque. No es que quiera defender a los médicos que, como ya he dicho, no me curaron pero, cuando menos, me salieron bastante más baratos -ya que se trataba de la sanidad pública- que los sacacuartos milagreros en cuyas manos tuve la desgracia de caer.
Ya antes de comprobar que nadie era capaz de resolver mis males, había decidido que lo mejor para mí sería recurrir a mi propia ayuda. De modo que hice mil y un intentos por localizar el origen de mi mal y atajarlo de una vez. Se me ocurrió que podía ser el desagradable obsequio de algún bichejo -insecto, arácnido o similar- con la inoportuna costumbre de saciar diariamente su apetito en mi piel. Aunque no fui capaz de localizar bicho alguno al que pudiera considerar responsable de mis innumerables abones, ni pude identificar positivamente ninguna marca como un picotazo, masacré a varios centenares de insectos, rociando una y otra vez mi casa, mis prendas y mis utensilios con insecticidas y venenos. Me deshice de mis macetas, no fuera que mis plantas fueran las portadoras de mi urticaria progresiva. De nada sirvió. Cambié mis ropas, mi cama, mis hábitos alimenticios, mi detergente, el ambientador, el desodorante, la afeitadora por la maquinilla de cuchillas, la maquinilla por la navaja, dejé de afeitarme, convirtiendo mi barbilla en un amasijo de pelos y granos alternos. Sin resultado. Cambié de lugar de trabajo, cambié de horario y hasta cambié de ocupación, abandonando la comodidad de la vigilancia nocturna por el aburrimiento de ser vigilante de día en un centro comercial. Todo para nada. Alteré mis costumbres, mi forma de comportarme, los sitios que frecuentaba, incluso perdí algunas amistades. Si era una cuestión de estrés o de unos hábitos inadecuados, estaba dispuesto a acabar con ellos. Pero nada. ¡Y no se me ocurría qué más podía hacer para acabar con todo ello! Llegué a plantearme la posibilidad de cambiar de piso y, así, también de aires. Tuve vacaciones que no me proporcionaron tranquilidad. Me notaba nervioso y cansado. Todo el mundo ha comprobado lo molestos que son algunos granos que, incluso, pueden dificultar el sueño. Pues imagínense mi caso con docenas de granos que me causaban picores y dolores por todo el cuerpo. Tomé mil pócimas y me unté mil potingues inútiles. Pero ninguno acababa con los picores ni reducía en absoluto el tamaño de los granos. ¿Qué me quedaba hacer? Sinceramente, no lo sabía. De manera que dejaba a los demás -médicos y curanderos- que hicieran conmigo lo que quisieran. Hubo incluso un doctor, un famoso dermatólogo apellidado Beltrán, no sé si lo conocerán, que me llevó a un congreso y me presentó como una maravilla de feria, algo así como la mujer barbuda de la dermatología moderna.
No merece la pena proseguir con el relato de mis inútiles intentos de mejoría. Tampoco voy a describir mi desesperación ni voy a contar cómo se vio afectada mi existencia día a día en cada uno de sus más ínfimos detalles. Dejo eso para la imaginación de todo aquel que guste de emplearla. Como sólo pretendo hacer el relato de unos hechos, se me permitirá que, a partir de ahora, acelere el ritmo de mi narración hasta llegar al punto de inflexión que me interesa.
Baste señalar que la progresión de mi enfermedad duró casi cinco años. Sí, justo hasta mediados de mil novecientos noventa y nueve. Ya he dicho que abandoné la contabilidad granujienta, pero pueden imaginarse cuál sería mi aspecto al cabo de esos cinco años. Supongo que si alguien hubiera grabado mi evolución a cámara rápida, habría podido mostrar la película de un hombre normal que acaba convirtiéndose en... "grano". Si antes he mencionado la cuestión del espacio, cualquier persona puede calcular cuál sería el número de mis granos al final de mi enfermedad. Efectivamente, algo menos de dos mil granos. Si hacen cálculos, verán que, pese a todo, aún quedaría espacio para alguno más en la piel de un hombre. Por suerte, no tuve ocasión de comprobar este punto. La pregunta es obvia: ¿cómo pude soportar cinco años sometido a la tortura de los picores y dolores causados por tanto bultito rojo? Es fácil responder: muy malamente. Tampoco es sorprendente mi resistencia. Uno puede habituarse a casi todo. No es que viviera normalmente sino al contrario, pero los males progresivos son asimilados por nuestra amplia capacidad de resignación. Está claro que la enfermedad afectó muy mucho a mis relaciones sociales y a mi trabajo. Pero no tengo ánimo como para recordar todo lo que perdí durante aquel tiempo.
A alguien le podría sorprender la seguridad con que afirmo que ningún grano desaparecía. He dicho que no llevaba ya una contabilidad de las dimensiones numéricas del problema. Pero eso no quiere decir que no les prestase atención a mis granos. Constituían, de hecho, mi única preocupación verdadera. A muchos de ellos los conocía perfectamente y los tenía perfectamente situados en mi anatomía desde su aparición. Sucedía, particularmente, con los más antiguos, viejos conocidos, enemigos de confianza que me saludaban todas las mañanas ante el espejo. Además, cualitativamente, saltaba a la vista que la densidad de mi urticaria se hacía mayor de mes en mes, siempre a un ritmo gradual y continuado. Al cabo del primer año, mi aspecto era parecido al de un paciente de varicela. Tras el segundo, parecía afectado de viruelas, aunque mis granos no eran tan dolorosos -o eso creo- ni se convirtieron en pústulas. Tras el tercero, los símiles pierden eficacia. Al concluir el cuarto, resultaba difícil discernir a simple vista donde acababa un grano y comenzaba el siguiente. Todo yo: mi cuerpo, mi cabeza, mis brazos y piernas...sí, también mi miembro viril, mostraban una tonalidad rojiza y mi piel aparecía distendida por una general hinchazón que la volvía brillante. Sin embargo, había sitio de sobra para más granos, lo cual pude comprobar durante el quinto año. No era raro que alguna mañana, al saludar a viejos conocidos de los que decoraban desde antiguo trozos de mi piel por todo el cuerpo, descubriera entre dos vecinos un nuevo convidado, autoinvitado a ocupar una minúscula parcela de tejido. Como ya dije, mi aspecto al cabo de ese quinto año es difícil de describir y lo más apropiado que se me ocurre es asimilarlo al de un enorme grano que constituía la mayor parte de mi piel, un hombre cubierto por una coraza de granos. Sí, a qué negarlo, me había convertido en una especie de monstruo granujiento.
Siento desilusionar a los morbosos, pero no voy a proseguir con la descripción de mi aspecto ni de mis problemas. Lamento que alguno no reciba, por el momento, la ración de repugnancia que esperaba. Tampoco me ofendo por inspirar asco. Siempre es mejor -al menos yo lo veo así- que inspirar lástima. Pero, en fin, aquí no pretendo moralizar. Así que, para proporcionar cierta alegría a los morbosos, paso a describir, a continuación, el desenlace de mi historia, una parte de la misma que tal vez satisfaga a los más recalcitrantes de entre ellos.
He dicho que transcurrieron cinco años de incremento gradual y progresivo de mi mal. No es del todo exacto. Por ser más preciso, diré que fueron cinco años, tres meses y dos días. El final de mi historia se sitúa el día once de abril de mil novecientos noventa y nueve. Retrocederé, no obstante, una semana, al día cuatro, que fue cuando comenzó a perfilarse el cambio, aunque yo no podía aún imaginar cuál iba a ser la conclusión. Ya que he dado cifras, proporcionaré a los curiosos -y a los perezosos que no han pensado siquiera en realizarlo ellos mismos- el resultado de un sencillo cálculo. Durante el periodo señalado y hasta el comienzo del desenlace -cuatro de abril- mi cuerpo llegó a acumular la nada despreciable cifra de mil novecientos doce granos -siempre que no me equivoque y la progresión fuera aritmética, como supongo-. Que imagine quien quiera lo que puede ser tener tantos granos en su cuerpo y convivir con un número creciente durante cinco años de agonía. Yo, por mi parte, ya me sitúo en el día cuatro de abril del noventa y nueve.
Si alguien había pensado que mi mal no podía empeorar, se equivocaba. Aquel día, domingo por más señas, mi tormento se tornó insoportable. ¿Cómo? Sencillo de explicar, no tanto de describir. Tras una noche más intranquila de lo habitual, me desperté a eso de las cinco de la madrugada, devorado por una mezcla de dolor y picor, bañado en sudor. Me fui al baño y, como ya es mi costumbre, me coloqué ante el espejo, desnudo. Al ver mi imagen en el espejo, y pese a cinco años en que debía haberme acostumbrado a todo, tuve que ahogar un grito para no escandalizar al vecindario. Mi imagen era más espantosa de lo habitual. El tono rojizo de los granos se había tornado blancuzco. Las pequeñas inflamaciones familiares se habían convertido en pústulas duras, de punta afilada y blanca, llenas de pus. Me quedé paralizado, sin saber que hacer. Llamé al trabajo para decir que no podía ir. Llamé a mi médica de cabecera, también a mi dermatólogo. Ambos acudieron ipso facto para dictaminar, con su habitual seguridad, que era evidente que se había producido un cambio en mi enfermedad. Eso también lo sabía yo sin necesidad de su ayuda. Me recetaron unos cuantos ungüentos y se fueron. No podían hacer nada más por mí. He de decir que ambos se mostraron reticentes a abandonarme. Dado mi carácter de hombre fenómeno, los dos se habrían quedado a mi lado bien dispuestos a contemplar el espectáculo de mi evolución y hasta creo que habrían pagado por poder asistir a los cambios sucesivos, pero yo no se lo permití. ¡Bastante desgracia era la mía como para servir, además, de diversión a los galenos!
De todos modos, yo no sabía lo que me esperaba. Tuve que permanecer cuatro días en cama, preso de insufribles dolores. Las pústulas se endurecían y sus extremos se convertían en aguzadas puntas blancas. Crecían de tamaño, como si acumularan en su interior algún tipo de veneno que rodeaban de pus. Por alguna razón, se me ocurrió pensar que me estaba curando. Tal vez era un simple resultado de mezclar mi desesperación y mis insufribles dolores, pero todo el mundo sabe que los granos, en ocasiones, se transforman en ampollas y luego desaparecen. Casi deseaba convertirme en el "hombre-pústula" si así sanaba. Y lo cierto es que, tras cuatro días de auténtica agonía, al quinto me convertí en la "ampolla humana", con todo mi cuerpo cubierto de diminutas burbujas líquidas y brillantes. Para mi desgracia, aún faltaba lo peor. Porque aquella misma tarde todas las pústulas reventaron al unísono, como si estuvieran programadas o sincronizadas para ello. El dolor de aquel instante fue indescriptible y se extendió, como una reminiscencia de sí mismo, a lo largo de unos minutos eternos. Una mezcla de humores -un suero acuoso, una pus grasienta, diminutas gotitas de sangre- se unió con el sudor de mi cuerpo, bañándome en una baba inmunda. Pero, inesperadamente, el dolor pasó. No desapareció del todo, pero quedó reducido a unos niveles tolerables, tanto como ya no recordaba que pudieran existir. La ropa de mi cama quedó empapada y el olor era realmente nauseabundo. Mi primer impulso, una vez liberado del tormento, fue meterme en el baño y ducharme con agua bien fría que arrastrase toda aquella inmundicia. Fue una sensación sumamente agradable. Tras el baño, me observé en el espejo. Mi aspecto era monstruoso, con todo mi cuerpo cubierto por llagas. Daba la impresión de que alguien -un sádico o un demente- se hubiera empeñado en despellejarme en diminutas tiras. Sinceramente, no me importó. Ni aun hoy en día me importa ver mi cuerpo cubierto por completo de horribles señales, semejantes a los hoyuelos de la viruela. El dolor había desaparecido.
Los siguientes pasos fueron más o menos obvios, previsibles. Llamé a mis médicos, pues no me sentía con fuerzas como para acudir hasta ellos. Eché la ropa de mi cama a lavar y me coloqué un ligero pijama limpio para tapar mis vergüenzas. Vinieron a mi casa varios especialistas. De hecho, yo no los conocía a todos. Me observaron minuciosamente y fueron emitiendo sus veredictos que, a mi parecer, no eran correctos ni coincidentes de unos a otros. He de agradecerles, eso sí, que tratasen mis llagas y me mandasen un nuevo ungüento con el que, inesperadamente, sí desaparecieron las últimas molestias y terminaron de curarse las heridas.
Desde entonces, soy feliz. La gente no me lo dice, pero sé que soy bastante más feo que antes. Supongo que se me podría llamar monstruo, pues verme no es en absoluto agradable. Pero me he deshecho de la terrible comezón, de la rutina de los granos. ¿Qué más puedo desear? Poco me importa haber quedado desfigurado. Lo único que temo es que, de algún modo, retorne la enfermedad. Nunca supe su causa; nunca su desencadenante. Nunca su cura. Sólo con imaginar que vuelvo a ver mi cuerpo punteado de granos, se me pone de gallina la carne de mi irregular piel. Creo, sinceramente, que no sería capaz de soportarlo de nuevo. Y, aunque no soy en absoluto creyente, desde mi curación, rezo cada día -a alguien, a algún dios, a todos ellos- para pedir que nunca sufra una recaída en mi mal. Y me gustaría creer que este es el final de la historia que pretendía contar.

Juan Luis Monedero Rodrigo